Vadim Gluzman: Un genuino servidor de la música



Por Pablo A. Lucioni

Fotografías: Arnaldo Colombaroli (Teatro Colón) 

Teatro Colón, jueves 5/11/2015.

 

 

En la última función de este año en el Colón, la Filarmónica tocó dos obras importantes del repertorio romántico, donde se destacó el solista de violín en una espléndida versión del Concierto de Brahms.


Todas las presentaciones recientes que Vadim Gluzman ha realizado en Buenos Aires (está viniendo regularmente año por medio) han sido poco menos que memorables. Ucraniano de origen, Gluzman es poseedor no sólo de una técnica impecable, un manejo depuradísimo de todo el espectro dinámico del violín, y una afinación perfecta y estable hasta el último sobreagudo. Pero además de eso, su virtuosismo es casi modesto, no sólo no parece un divo, sino que tampoco parece querer ocupar el primer plano con su personalidad. Se lo ve como un genuino servidor de la música, y probablemente por esto sea tan singular y cautivante, aunque tal vez por lo mismo, no especialmente carismático y llamativo.

Por la extensión de ambas obras, esta última fecha de la Filarmónica no tuvo obra instrumental de inicio, y empezó directamente con el Concierto para violín de Brahms (Op.77). Esta puede que sea la obra en que Brahms haya desplegado como en ninguna su inspiración melódica. La cantidad de motivos y temas musicales que aparecen en este concierto, sumados a su excepcional y refinadísima escritura y tratamiento orquestal (esto sí mucho más constante en él) hacen de esta pieza una obra muy atrayente. Gluzman estuvo imponente, meticuloso, exacto, siempre expresivo, resistiendo los cuarenta minutos de exposición con muy poco descanso al que el compositor somete al solista. Como es sabido Brahms escribió esta obra para el famoso Joseph Joachim, al cual pidió consejo por no ser su fuerte la técnica del violín, aunque no siempre terminara aceptando sus recomendaciones. La obra es demandante y cansadora para todo solista, y Gluzman dio hasta la última nota con integridad, técnicamente incuestionable, dándole vuelo a cada una de las cadenzas, y además, siempre atento al director, y en buena medida al resto de la orquesta, con quienes parece estar muy sincronizado y al pendiente. La conducción orquestal del maestro Diemecke funcionó bien, logrando una buena integración con el solista.

Después de su brillante actuación Gluzman no parecía muy propenso a hacer un bis, y sólo ante la continuación del aplauso y en su tercer reentrada hizo una exquisita pieza de Bach.

 

 

El público del concierto del jueves fue particularmente bullicioso, sonaron varia veces celulares, cuando ya se había hecho silencio para empezar una obra se escuchaba gente aisladamente que seguía hablando a voz normal… una serie de perturbadoras faltas de respeto de un público que parecía tener muchos más espectadores no habitués que de costumbre. Tal fue así, que Diemecke paró el inicio del segundo movimiento del Concierto de Brahms por ruido en la sala, y en los ya tradicionales standups que hace a la vuelta de los intervalos, hizo mención específica al tema de los celulares y demás. En esta ocasión, por ser el cierre de la temporada esta fecha catorce, su charla fue más extensa que de costumbre, habló de la importancia del público, y se tomó varias licencias al describir la obra que venía: la Sinfonía Fantástica. También le entregó un diploma a Maximiano Storani, que había tocado la parte destacada que tiene el corno inglés en el Brahms, y que se retiraba de la institución.

La versión de la Filarmónica de la Sinfonía Fantástica (Op.14) de Berlioz fue interesante. No cabe duda que esta es una obra compleja, y lograr que todo lo que involucra salga perfecto es casi un espaldarazo del destino. Los bronces tienen mucha gravitación, y verdaderamente uno aspiraría a una mayor sincronicidad, sobre todo en ataques que muchas veces son desarticulados, o en los cornos, donde tanto afinación como sobre todo uniformidad de articulación más de una vez no son óptimas. Para el último movimiento, Songe d'une Nuit du Sabbat, el efecto de las famosas campanas del Dies Irae, se notaba totalmente apagado, a diferencia de lo que normalmente uno está acostumbrado, y generaban sólo a medias el particular clima que buscan.

Como un todo igual fue una versión válida, trabajada, que mantenía el interés, con buen grado de contundencia cuando esta es necesaria, intensidad, lirismo…y suficiente recreación de ese mundo tan complejo, lleno de imágenes bellas y fantasmagóricas alternantes que Berlioz plasmó tan bien en música.


 

© Pablo A. Lucioni


 



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