"La Barroca del Suquía" en Buenos Aires.



Luego del concierto que brindó “La Barroca del Suquía” en el Teatro Colón tuvimos la oportunidad de conversar con su fundador y director, el violinista cordobés Manfredo Kraemer. De reconocida y extensa trayectoria internacional nos contó a cerca de sus comienzos y las diversas actividades que realiza en su ajetreada agenda. 


 

 


¿Cuáles son tus primeros recuerdos musicales?

Los primeros son de música Barroca en realidad, crecí en una familia Luterana, mi mamá era la organista de la iglesia, entonces en mi casa, sin ser profesionales, había mucha música coral y de órgano. Mis padres tenían una docena de discos y había uno de marchas militares, dos o tres de órgano, y uno de cumbia de “Tulio Enrique León” y me encantaban. Esos eran mis discos, una mezcla rarísima. Y me quedó el amor por una de esas músicas....las marchas militares...(broma).

 

Bueno, podrían haber sido las cumbias también... ¿Cuándo comenzaste a estudiar música?

Yo me crié en Buenos Aires hasta los 5 años y en uno de mis primeros cumpleaños mis padres me dijeron que podía elegir algo de una librería del centro, y elegí el “Magnificat” de Carl Philippe Emanuelle Bach. Y sigue siendo una obra que me encanta, de hecho la escuché mucho antes que el “Magificat” del padre, del viejo johann Sebastian. Este año en el festival de música barroca en Córdoba (Camino de las Estancias) cómo se conmemoraron los 300 años del nacimiento de Carl Philippe abrimos con el “Maginficat” justamente.

En Buenos Aires, mi madre nos envió a estudiar flauta dulce y cuándo nos fuimos a Córdoba buscó en seguida contactos donde pudiésemos continuar haciendo música. Mientras ella por un lado enseñaba música en la casa, era profesora diplomada en iniciación musical con instrumentos Orff, nos llevó a un coro de niños y esa actividad me marcó mucho. Después de eso el Director le dijo que era hora de que aprendiese un instrumento y entre ellos convinieron cual, creo que a mi no me dejaron elegir. En todo caso, como mi mamá tenia en el armario un violín y el director era un buen aficionado me empezó a enseñar él, y así empezó.

 

Claramente tenías una vocación definida, cualquier instrumento te hubiese venido bien....

Si, yo creo que sí, pero si bien la música era muy importante no por eso dejaba de tener otros sueños normales de pibe, como el querer ser marinero, bombero... no estaba tan enfrascado, pero sí determinó que no se me diese por el fútbol por ejemplo.

 

Y a partir de 1984 te radicaste en Alemania, ¿te fuiste solo, por una beca?

No me fui solo, fui con ella (señalando a su mujer y cellista de la “Barroca del Suquía”), que es la hija del Director de Coro que me enseñó violín. Nos fuimos juntos. Decidimos probar la aventura, tocábamos en la Orquesta Sinfónica de Córdoba y quisimos hacer una experiencia de estudio, viajar y conocer el mundo. Alemania se prestaba porque teníamos acceso al pasaporte, yo por mis abuelos y ella por el padre. Sacamos el pasaporte y nos inscribimos en la escuela de música superior en Colonia. Ya en ese momento tenía claro que quería dedicarme a la Música Antigua.

 

¿En qué momento te diste cuenta exactamente?

Año y medio o dos antes de irme. Además de la Orquesta Sinfónica tocaba en diversos grupos de cámara, “aventuritas musicales” que iban saliendo. Con uno de esos grupos hacíamos música contemporánea, compositores de última generación cordobeses. Al mismo tiempo estaba el Instituto Goethe que fomentaba mucho las actividades musicales, tenia su propio coro y ayudaron a la creación de un grupo de música antigua. Muy amplio. En esa época, años 70, la música antigua era algo muy amateur en un sentido, en un mismo programa tocabas el cromorno, música medieval y después hacías una sonata de Haendel.

 

Del clásico para atrás todo era antiguo básicamente...

Exacto. Y en ese grupo comenzamos a incursionar, tocábamos la viola de gamba, la flauta dulce, lo que tenía de bueno era que el Goethe nos proporcionaba los instrumentos, nos consiguió un laúd, de mediana calidad, pero la luthería era incipiente todavía y también partituras. Después en algún momento la discoteca del Instituto empezó a traer material de lo que eran las novedades de música antigua en Europa. Comenzaron a llegar discos de Frans Brüggen, Nikolaus Harnoncourt, Directores o grupos que luego serían emblemáticos. También de un grupo que se llamaba Música Antiqua Köln. Cuando escuché eso dije “es lo que quiero hacer yo, esto es música barroca pero electrizante, muy distinta, conmovedora, entretenida y a la vez de escucha fácil” tenía cosas que lo convertían fácilmente en el Rock and Roll de la música antigua y cuando fuimos a Alemania resulta que en Colonia estaba este grupo Música Antiqua Köln. Empecé a estudiar, investigar, relacionarme y terminé tocando con ellos.

 

Parece predestinado...¿Cuánto tiempo estuviste en Alemania?

11 años, después volví a Córdoba. Aunque desde entonces voy y vengo. En realidad mi trabajo está allá. Soy un poco free lance, también soy profesor de violín en Barcelona, no me insume demasiado tiempo, si cierta regularidad en la presencia, pero los conciertos están allá. Tengo unos cuantos grupos con los que colaboro mucho y un grupo mío con el que hacemos una docena de conciertos al año. Mis tiempos son muy irregulares, a veces estoy 20 días allá, 5 acá, últimamente mas allá. Hoy llegué a la madrugada y a las 11 comenzaba el concierto en el Colón. No tenemos una semana normal, yo no sé si es domingo, sábado, lunes, todo es igual, un día libre puede ser un miércoles.

 

Sos el fundador del Festival de Música por las Estancias (Córdoba). ¿Cómo surge la idea del festival?

Fue en el 95/96. Cuando nosotros volvimos dijimos “tenemos que hacer cosas en Córdoba” y empezamos a realizar proyectos puntuales, y en el 98 tuvimos la idea de hacer algo alrededor de las estancias jesuitas ya que existe una red en Córdoba casi única en el país. No pasó de ser una idea, hicimos sí, algunos conciertos puntuales en las estancias y en el 99 nos enteramos de que había una serie de personas en el ámbito de la cultura y la museología que estaban haciendo esfuerzos y trámites para que la red de estancias jesuitas fuera declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco. Un procedimiento muy largo y complicado, pero dijimos “este es el momento, nosotros necesitamos que sea concebido como red, pero por otro lado podemos contribuir a que ese lugar sea visto, sentido, concientizado como red si llegamos a hacer un circuito de conciertos ahí”. Cuando era inminente la declaración de patrimonio se producía la complicación, porque al patrimonio de la humanidad hay que gestionarlo, no basta con tener la declaración, tenés que gestionarlo con una serie de acciones acordes para mantenerlo vivo y entonces ahí nos dirigimos con la idea de hacer un festival, lo que nos parecía un modo idóneo de gestionar ese patrimonio histórico. Les gustó la idea y ahí estamos. Y como sucede a menudo el motor de estas cosas es el mismo público que genera la demanda, tenemos una cantidad de público creciente y muy fiel que hace sentir en el medio cordobés la pregunta “¿cuándo viene el próximo festival, qué se programa? Y siempre es un exitazo. Por eso yo creo que a pesar de todas las incertidumbres permanentes que hay en el mundo político, público, lo que sea, el festival está bastante establecido, pase lo que pase, sigue.

 

¿Y la Barroca del Suquía surge también ahí?

Surge un poco antes como un grupo de gente que se conocía, hicimos un par de conciertos juntos y en el 2000 con el primer festival, no sé si ya teníamos ese nombre, nos dimos cuenta de que la cosa funcionaba, que había muy buenos músicos y daba para más. Como músicos muy curiosos y ambiciosos, dijimos “Esto vale la pena continuarlo”.

 

¿Van planificando de acuerdo a tu agenda, hay un director asistente?

Aún no hemos llegado ahí, no tenemos ni siquiera una estructura jurídica. La idea es llegar a conformar una estructura, no gubernamental, pero sí que tenga apoyos, que logre ser una institución que tenga continuidad más allá de las personas. En este momento yo soy Director y Concertino pero me gustaría que esto continúe aunque yo no esté. Lo hemos ensayado e incipientemente lo hemos realizado, por un lado invitamos cada tanto solistas de afuera, a veces son amigos argentinos que viven en el exterior o amigos de otros lados. Hace muy poco vino un cellista húngaro y director invitado y entonces la idea es continuar un poco con esa dinámica. Por supuesto yo no me quiero desentender ni mucho menos, porque una cierta continuidad marca el estilo y sonido de una orquesta, pero si invitar solistas, y Directores. La idea es que la orquesta no se prive de poder trabajar y si hay una oferta interesante pueda realizar la fecha a pesar de que yo no esté.

Me gusta esa dinámica porque además genera un sentido de pertenencia y de coresponsabilidad en todos, es mucho mas grande. Es un poco lo que genera el hecho de ser una orquesta que no trabaja con un Director con batuta. El hecho de que yo sea uno más genera mucho más responsabilidad en los demás, no soy yo y gente que obedece o realiza mi visión, se arma de todas las puntas, a la vez es un credo personal que trato de sostener hasta donde puedo. El director, que en muchos casos, al menos en nuestro repertorio barroco es superfluo, es una concesión "autark system" que tenemos en la música. En todas las artes, se quiere tener una estrella, una figura visible y es una involución para el público porque el público que no tiene un director adelante puede y debe mirar dónde están ocurriendo las cosas, dónde hay acuerdo, dónde hay contraste, dónde hay lucha. Tiene una tarea. En cambio, el director le predigiere y le facilita la tarea al público, mira al director que traduce en gestos lo que pasa, le explica al público lo que está escuchando. En ese sentido es una tarea interesante para el público renunciar a un director y ocuparse de ver y escuchar atentamente. La mayoría de obras barrocas se pueden hacer perfectamente sin director.

 

Antiguamente se dirigía desde el clave...

Las cosas se coordinaban desde dos o tres lugares, el clavecinista, el cellista y el primer violín, había un entendimiento. Incluso para que veas lo sobredimensionada que está la figura del director, en la época de Schumann, él mismo cuando dirigía daba la entrada, los primeros 5 o 6 compases y luego se sentaba.

 

Y luego hacía la crítica musical de su propia obra...

Claro, después se levantaba para dirigir el ritardando final y listo...

 

Por Maxi Luna

Ph: Alejandro Held




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