La vida en Granada, mejor ancha que larga.



A esta bella producción contribuyó en gran medida un vestuario de Jesús Ruiz, de muy buena factura e inspirado en cuadros de la época, donde predominan los colores rojos oscuros y tierra, con pequeños y discretos detalles de luminosos colores en los trajes de las bailaoras flamencas, que bailaron con excelente estilo y casticismo.

La soprano argentina Virginia Tola debutaba en el Teatro de la Zarzuela. Y lo hizo con brillantez y éxito que hubiese alcanzado más entusiasmo en un teatro abarrotado (sólo el 50% del aforo estuvo ocupado).

 

Por Fenando Peregrín Gutierrez.

 

En un principio el Teatro de la Zarzuela tenía previsto presentar conjuntamente dos obras líricas relacionada con Granada: La Tempranica, zarzuela de Julián Romea y Gerónimo Giménez y La vida breve, opera (o drama lírico) de Manuel de Falla. Mas por razones de las restricciones sanitarias impuestas a los teatros de Madrid por causa del rebrote de la Covid 19, finalmente se representó cada obra por separado, en funciones sucesivas.

El drama lírico de Manuel de Falla se representa muy poco, incluso en España y en los países hispanoamericanos, aunque de vez en cuando se ofrece en versión de concierto. Es digno de mencionar el hecho de que la ópera se representó en la reinauguración del Teatro Real de Madrid, cumpliendo así una deuda pendiente con Falla, al cual le prometieron estrenar la obra en el coliseo madrileño.

En la representación que se reseña, participó el segundo reparto, el cual, según todas las referencias que tiene este autor, no desmereció, e incluso, superó, al primero.

La puesta en escena y los decorados son un buen trabajo de Giancarlo del Monaco, aunque se vio empañado por un par de licencias innecesarias e inoportunas. Así, un simulacro de burdo onanismo durante el dúo de amor del primer Acto y el asesinato de “Salud” por parte de su amante “Paco” mediante un navajazo que la desangra aparatosamente. Se pierde así el pathos y el embrujo de la muerte por amor a la que está destinada la gitanilla, que vive con intensidad una vida breve pero ancha de emociones a flor de piel.

La escena es simple y queda enmarcada por dos grandes paneles movedizos pintados de un color rojo apagado y con aspecto arrugado, que pueden evocar la piel de una granada. Asimismo, el color elegido es frecuente en los tejados granates del Albaicín, barrio de calles y patios a menudo claustrofóbicos donde se desarrolla el drama.

Muy cuidada y acertada la dirección actoral y los movimientos del reducido coro. Del Monaco sabe regular la dinámica de la acción en la escena y contrasta con acierto el estatismo que crea pinturas de realismo ornamentado, con tonalidades propias de las ocres puestas de sol en Granada, con el alboroto insinuado de una alegre fiesta de bodas. Huye de la moda de llenar la escena de alocadas carreras de comparsas y saltimbanquis que agotan, con una confusa agitación escénica. a los espectadores. Del Monaco mezcla con inteligencia y sentido dramático los movimientos agitados y desquiciados de la gitanilla con momentos estáticos que dicen a veces más que su trastornado deambular por toda la escena.

A esta bella producción contribuyó en gran medida un vestuario de Jesús Ruiz, de muy buena factura e inspirado en cuadros de la época, donde predominan los colores rojos oscuros y tierra, con pequeños y discretos detalles de luminosos colores en los trajes de las bailaoras flamencas, que bailaron con excelente estilo y casticismo.

La soprano argentina Virginia Tola debutaba en el Teatro de la Zarzuela. Y lo hizo con brillantez y éxito que hubiese alcanzado más entusiasmo en un tetro abarrotado (sólo el 50% del aforo estuvo ocupado). Es una soprano lírica, de buena materia prima vocal, que utiliza con inteligencia. Su visión de la desdichada protagonista mezcla en dosis adecuadas el dramatismo con el lirismo de su canto piano en sus momentos de ensoñación. Sabe muy bien la diferencia entre el grito chillón y el que sale apagado de las profundas entrañas del dolor. La tesitura de “Salud” no es muy diferente de la de “Violetta” en parte del segundo y todo el tercer acto de La Traviata y la Tola se lució en casi todos sus cantos y declamados cantados (que no parlados). Su figura juvenil, frágil y tierna a veces, fiera y bravía otras, es la de una bella gitanilla inocente y locamente enamorada que se podía ver en aquellos años de principios del siglo pasado en las estrechas y empinadas calles del Albaicín.

Su amante “Paco” lo interpretó con buen acierto el italiano afincado en España Francesco Pio Galasso. Voz es potente y lírica, aunque capaz de abordar papeles de spinto. Vocalmente, su dicción y acento fueron los propios de un señorito de Graná, que no se corresponde con el arquetipo folclórico del señorito andaluz. Junto con Virginia Tola cantaron con buena compenetración el dúo “Tú no sabes qué susto me has dao”. Su tajantes frases de desprecio cínico a “Salud” en los últimos momentos, pusieron mucha emoción final a su buena interpretación (Pio Galasso debutaba no sólo en La Zarzuela, sino en Madrid).

Maria Luisa Corbacho interpretó con convicción el papel de “Abuela”, un personaje que requiere quizá una voz más dramática en varios momentos de la trama, más madura. También, si no se domina, es fácil emitir gritos destemplados, cosa que no ocurrió en esta representación. Lástima que sin venir a cuento, el regista la tuviese echándose las cartas como si de suyo todas las viejas gitanas fueran adivinas del destino.

También se debe destacar a Rubén Amorotti, un barítono-bajo con tintes de dramático que realizó una buena caracterización escénica y vocal del “Tío Sarvaó”. 

El nivel general de los papeles menores fue excelente. Gustavo Peña, muy bien en su rol fuera del escenario de “Voz de la fragua”, cantada con sinceridad y contenido resentimiento. Un poco menos destacados, aunque sin desmerecer del buen nivel general del reparto, Anna Gomà (“Carmela”) y Gerardo Bullón (“Manuel”).

También destacaron el “Cantaor” Jesús Méndez y el guitarrista Rafael Aguirre. Espléndido cuadro flamenco que tanto abundan en las cuevas del Albaicín.

Refinada y adecuada coreografía de Nuria Castejón, interpretada por seis estupendos “bailaores”´(Los hombres hieráticos y las mujeres, cual mariposas de colores girando grácil y coquetamente en torno a ellos)

También hay que hacer mención a la estupenda contribución de un reducido coro

La orquesta, también más reducida que en otras representaciones de esta ópera de Falla, dirigida por Miguel Ángel Gómez Martínez, se lució en las dificultades y bellezas de los importantes pasajes orquestales de la partitura. El director granadino graduó con mucho cuidado las dinámicas y mantuvo un buen equilibrio en los planos sonoros. El sonido fue siempre bello, sin estruendos en los acordes en fortísimo. Pero faltó el aroma y la poesía mágica que se respira paseando por el Albaicín y por los Jardines de la Alhambra en los ocres y difuminados anocheceres granadinos. 

Los "bailaores" hieráticos y las "bailaoras" como mariposas de colores que giran grácilmente al rededor de ellos

 




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