Star Wars, una nueva esperanza, en concierto



El Teatro Colón ha ofrecido en muchas otras oportunidades la posibilidad de unir lo que se ve en la pantalla cinematográfica con música en vivo. En general han sido bien elegidas y fueron un aporte interesante.

Al azar: “Koyaaniskatsi”, cuyas vertiginosas imágenes fueron acompañadas por la música de Philip Glass dirigiendo el autor un grupo instrumental; las tres películas mudas de Luis Buñuel con la música de Martín Matalón; más lejos en el tiempo, el mismo compositor argentino realizó una musicalización de la obra maestra muda de Fritz Lang, “Metrópolis”; y creo recordar otra obra de Lang, “Los Nibelungos”, vista en el Colón aunque con música de otro compositor.

 

Cuando hace unos 42 años vi en el cine la primera película de “Star Wars” me ocurrió lo mismo que con la primera de “Jurassic Park”: asombro ante técnicas que en ese momento eran nuevas y un fuerte impacto visual. Por supuesto que se trataba de fantasías sin base científica pero no dejaban de ser prodigios técnicos: las batallas en ese primigenio “Star wars” o la estupenda visión de una manada de dinosaurios herbívoros galopando por una pradera eran imágenes emotivas indudables. Los epìsodios II y III (que ahora llaman  V y VI) perfeccionaron los trucos técnicos y en especial en el segundo mejoraban los textos, de modo que esa trilogía imaginada por George Lucas fue merecidamente muy popular. Un compositor prolífico, John Williams, fue el autor de la música de los episodios I (1977), ahora IV; II (1980), ahora V; y III (1983), ahora VI; y también del nuevo episodio I (precuela, 1999); no así de los II y III; ni de la nueva tanda, VII, VIII y IX. Williams es sin duda el autor más exitoso de música para cine en las últimas décadas; nació en 1932 y fue gran colaborador del amigo de Lucas, Steven Spielberg, para quien hizo la música de numerosas películas; sólo mencionaré el primer “Jurassic Park” (1993), y las películas con afinidad “cósmica”: “Close encounters of the third kind” (1977) y “E.T.” (1982). Hay al menos otra docena de películas muy famosas, de Spielberg y otros, para las cuales compuso la música, y de muy variados temas, incluso políticos y bélicos.  Williams también fue el Director de la famosa Boston Pops que supo fundar Arthur Fiedler. 

    Hay que decirlo con claridad: la música de las películas “espaciales” muy poco tienen de cósmicas; son francamente tonales, pegadizas, brillantes. El que supo poner música que intentó reflejar ese extraño universo alejado de la Tierra fue Ligeti, que autorizó a usar su música a Kubrick en “2008”. Otros (muy pocos) lo intentaron; p.ej., en “El día que paralizaron la Tierra”. Por otra parte, son muy escasas las películas que intentaron ser científicas; para mí la que lo consiguió fue en los años 50 “Viaje a la Luna” de George Pal.

    Quiso la casualidad que vi en TV  hace unos días un divertido concierto de la Filarmónica de Berlín dirigido por Simon Rattle en el Verano de 2015 en el enorme “Waldbühne”, en pleno bosque berlinés, cuya segunda parte estuvo dedicada a música de cine, que empezó con nombres ilustres como Korngold y Rozsa, pasó por la desopilante música de Bradley para Tom y Jerry y terminó con una trilogía Williams: “Indiana Jones”, “E.T.” y “Star Wars”, la música inicial del episodio I, ahora IV. Y aclaró Rattle que todo el material era nuevo para los berlineses, que lo tocaron con evidente entusiasmo, mientras el director ejercía su particular carisma. Él eligió música que alternó lo poderoso con lo romántico, evitó la música de envergadura porque era un concierto veraniego para muchos miles de oyentes. La mejor música de cine que conozco es la de Prokofiev para “Alexander Nevsky”, el film de Eisenstein. 

    Es muy distinto escuchar en su plenitud sinfónica la música de Williams que aquella imaginada para películas mudas; esas grandes obras del expresionismo alemán las vi en mi adolescencia en la Cinemateca Argentina o en el Cine Club Núcleo de mi amigo Salvador Samaritano y lo mismo vale para las de Buñuel. Pese a que las copias tenían cierto deterioro las gocé intensamente sin música. Había otra manera y alguna vez pude apreciar a través de un especialista en Washington el tipo de acompañamiento pianístico que tenían obras como “El fantasma de la ópera” en la versión muda de Lon Chaney: música “terrorífica” o “romántica” según el momento. 

    Se había anunciado que la Orquesta Estable del Colón iba a ser dirigida por Diemecke, pero “por razones personales” fue reemplazado por el brasileño Thiago Tiberio, especialista en acompañar películas. Disney Concerts lo llamó para dirigir “el estreno de ´Star Wars Live in Concert´ en Francia, Portugal y Brasil”, de modo que seguramente fue Disney quien sugirió (¿o impuso?) que dirigiera Tiberio. Gerardo Gardelin fue el Director de Ensayos, de modo que Tiberio tuvo la mitad del trabajo hecho. 

    Quizá sea Disney Concerts la que optó por hacer un show previo basado en Darth Vader y sus soldados blancos, sin los “buenos”; el motivo es obvio: a estos personajes no se les ve la cara, sólo se identifican por sus atuendos, que Disney puede suministrar. Pero “hacer de Harrison Ford, Alec Guinness, Mark Hamill o Carrie Fisher” es demasiado riesgoso: son ídolos. ¿O puede negarse que su presencia (salvo Guinness) en los episodios VII, VIII y IX es lo más festejado? Supe que hubo un show previo en el foyer; en la sala aparecieron en tres palcos y luego “Darth Vader” llevó a un encapuchado hasta el podio; se sacó la capucha y era Tiberio. Y la sala aplaudió como si fueran Mick Jagger. O sea que no era el público habitual del Colón; les gustaba escuchar la música en vivo pero ante todo querían volver a gozar de la presencia en pantalla de esas figuras icónicas. Figura el bien conocido Peter MacFarlane como director de escena, recordado por su tarea en comedias musicales; tuvo poco que hacer. 

    Es una coproducción de The Walt Disney Company Argentina y el Colón. “Las licencias son cortesía de Disney Concerts en asociación con 20th Century Fox, Lucasfilm Ltd. Y Warner/Chappell Music”. Hubo un bienvenido intervalo de 20 minutos.

    Cuando ví la película fue en el mes del estreno (las tres veces), de modo que ahora a 81 años me resultó un placer reverla y constatar, p.ej., que los dos droides tienen mucho protagonismo y los fans quisieron que sigan estando en la última trilogía; R2-D2, que habla como un caballero inglés y protesta contra C-3PO, que emite ruidos sólo entendidos por su compañero y que son fundamentales durante el transcurso de la narración, pero lo quiere. El piloto mercenario de Harrison Ford que se convierte en un apasionado Jedi, el muy joven Mark Hamill que guiado por Obi-Wan Kenobi será quien logre hacer estallar a la Estrella de la Muerte y así ganar la batalla contra el Imperio Galáctico regido por Lord Sith Darth Vader, Kenobi (Guinness) que se sacrifica lidiando contra  Vader, y la líder indómita de los Rebeldes (Fisher), además del desagradable Peter Cushing (figura clave de los films de terror ingleses): todos en la gran pelea de la Fuerza del Bien contra la Fuerza del Mal (como nos lo dice la historia de la Tierra, qué ardua es esa batalla y qué difícil definirla, ya que pocas veces hubo verdadero Bien en nuestro planeta y la definición de los valores morales oscila a través de los siglos y las civilizaciones). Para mí el gran defecto de la película es que casi todo resulta demasiado parecido a lo que pasa en nuestro mundo, más allá de la técnica. Y que el guión de Lucas es bastante chato. Y sin embargo se sigue viendo con interés y el carisma de los intérpretes resulta indudable. Es interesante que la voz de Vader nunca trasunta la menor emoción; pero también Guinness conserva, del otro lado, la misma inalterable sobriedad, obviamente meditada por un intérprete camaleónico que se ha transformado de película en película. Lo que nunca me gustó es la escena en ese mundillo del monstruoso Jabba, que además tiene musiquita jazzera muy floja. 

    Vamos a la música, que salvo esa escena es siempre adecuada. Una orquestación amplia, con abundante percusión y bronces, da carácter y fuerte ritmo a los dos bandos, coloreando el tétrico mundo de Vader con ritmos inexorables y timbres oscuros (me recuerda a “Marte” en “Los Planetas” de Holst).  Desde los minutos iniciales quedó en claro que la Estable tocó admirablemente y que Tiberio conoce al milímetro la partitura, con perfecta sincronización. Y claro está, el sonido en vivo con buena acústica siempre es mejor que la banda sonora. Williams sabe crear música rápida y difícil acompañando las batallas, o un clima siniestro cuando creen los “buenos” que las paredes los van a aplastar, pero también música expresiva cuando Kenobi enseña al joven Jedi.  Al final, una larga ovación, bien merecida.

Pablo Bardin 

 



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