El Teatro Real se reconcilia con el bel canto



PH: Javier del Real

Tras el fiasco de la reposición del fallido montaje de Damiano Michieletto de L’Elisir d’Amore (29 de octubre-12 de noviembre) se esperaba con cierta expectación la nueva producción del Teatro Real de Il Pirata (30 de noviembre-20 de diciembre), con la esperanza de que el teatro madrileño se reconciliara con el bel canto.

Afortunadamente ese fue el caso y se pudo disfrutar de unas representaciones del melodrama lírico italiano de alto nivel, si pasamos por alto las mutilaciones de la particella del tenor y en los recitativos y en la stretta final del primer acto.

Por Fernando Peregrín Gutiérrez

 

Empezando por la adecuada regia de Emilio Sagi y el buen hacer de sus colaboradores, el escenógrafo argentino Daniel Bianco y la figurinista española Pepa Ojanguren. El resultado, más que bello, fue, hablando coloquialmente, “mono”. Se notaba claramente el sello propio que este buen regista español da a sus producciones. La acción se sitúa en un tiempo indefinido y en un ambiente más nórdico que siciliano. Así, y aunque no exento de belleza, el fondo del escenario en casi todo el segundo acto, con buena iluminación y  con un telón decorado con un realista bosque de abedules deshojados propios del norte de Europa, creaba un ambiente invernal norteño en el que no faltaba una capa de nieve insinuada en el suelo del bosque, y que no resulta muy apropiado como exteriores de un castillo caldorense del siglo XIII.

La dirección de actores de Emilio Sagi es muy acorde con las exigencias convenciones del teatro lírico en cuanto a la interacción entre los personajes, muy diferentes de las del teatro de prosa. Los movimientos de masas, aceptables en general, excepto por esa moda de que miembros masculinos del coro y figurantes de caballeros se asomen a contemplar la acción dramática desde ventanillas practicadas en las paredes laterales del escenario.

La escenografía, dentro de la corriente minimalista en boga hoy día, se basa en dos grandes plataformas que hacen de suelos y techos, muy pulidas, espejadas, que se mueven verticalmente—hasta justarse para formar en algún caso un ángulo diedro— y que mediante una iluminación no siempre técnicamente lograda, sirven para conseguir efectos espectaculares jugando con los bellos y blancos vestidos de las “damigelle”. El escaso mobiliario en la escena—unos sillones palatinos de madera—resulta elegante y funcional. El ataúd de “Ernesto” que forma parte del cortejo fúnebre en la escena novena del segundo acto, es, por contraste, grande y barroco.

El vestuario, ecléctico en las épocas, resulta vistoso en las damas, sobre todo en el caso de la protagonista, “Imogene”; no tanto en los hombres, especialmente en el caso de “Gualtiero” e “Iturbo”, con unos gabanes largos y oscuros que parecen sacados de un spaghuetti western. Tampoco estuvo muy afortunada la figurinista con el uniforme que vistió “Ernesto”, demasiado lujoso y propio de un almirante del siglo XIX.

La iluminación de Albert Faura hubiese sido excepcional si no hubiera habido varios momentos en que algunos focos incidían en las paredes reflectantes laterales, deslumbrando a los espectadores del patio de butacas.

La compañía de canto rozó en muchos casos lo perfecto. Sobre todo en el caso de la pareja principal.

Javier Camarena había cantado unos días antes en el Teatro Real el rol de “Nemorino”, luna única representación de L’Elisir d’Amore en la que intervino. Su éxito fue enorme y tuvo que bisar “Una furtiva lacrima”. Me permitirán los lectores que abra un pequeño paréntesis para expresar mi opinión de que el bis ya no es más algo verdaderamente excepcional. La interpretación del joven tenor mejicano fue espléndida, pedro he oído cantar esa aria bastante mejor, con perfección prodigiosa y no se produjo el bis. Pero también la he escuchado recientemente en el Teatro alla Scala, interpretada muy bien aunque no tanto como lo hizo Camarena, a Vittorio Grigolo quien bisó esa misma aria. Estos y otros ejemplos de los que he sido testigo me afirman en mi opinión de que se está produciendo una banalización del bis.

Camarena, muy querido y aplaudido en Madrid, satisfizo mucho a sus fans, pese a que tuvo serios problemas en un papel de tesitura tan incómoda como es “Gualtiero”. Se ha dicho que el heredero de los grandes papeles belcantistas de Alfredo Kraus es el tenor mejicano, gran admirador del tenor canario. No creo que sea acertada esta opinión, pues Camarena es un tenor lírico-ligero y Kraus era un lírico pleno que podía cantar papales de ligero. Lo cual se nota en el caso del protagonista de Il Pirata, con un terriblemente difícil passaggio di registro que Camarena abordó en varias ocasiones en falsettone, que es una técnica que usada como adorno puede resultar perfecta, pero cuando se nota que se utiliza para superar los escollos que plantea Bellini al tenor en este passaggio,  no es muy apropiada, pues afecta a su línea de canto, por otro lado, extraordinaria en general.

Es fácil de entender la pasión que Camarena desata entre sus fans del Real viendo su entrega, buen hacer teatral, extraordinaria musicalidad y agudos argénteos y potentes. Lástima que se dieran cortes en sus dos cabalette y en sus dúos con “Imogene”, así como en su parte en la cabaletta del final del primer acto, como ya ha quedado dicho. Terminó notablemente cansado.

La soprano Sonya Yoncheva fue la gran triunfadora. Se trata de una verdadera drammatico d’agilità, de voz bastante homogénea, afinación perfecta, técnica consumada y gran actriz. Su recitato y sus dos cantos finales fueron toda una lección de bel canto belliniano.

George Petean, como “Ernesto”, desmereció notoriamente de Yoncheva y Camarena. Resolvió con corrección pero sin brillo sus dos arias, mas fue siempre bastante anodino, pese a que tuvo algunos momentos de autoridad y dignidad aristocrática,

De los pequeños papeles, aceptables en general, destacó María Miró como “Adele”, a la que no es arriesgado augurarle un brillante futuro.

Estupenda la labor de Maurizio Bennini, muy acorde con el estilo de exquista cantabilità e italianità de Bellini. Tras el escaso brillo y delicadeza que tuvo la orquesta con Gianluca Capuano en L’elisir d’Amore, el sabio y experto maestro faentino hizo sonar de nuevo a la orquesta del Teatro Real con una calidad que tuvo su mejor momento en el quinteto del primer acto, seguido de la transparencia y poderío de metales muy empastados de la stretta del primer acto.

El coro, sencillamente espléndido. Esta vez hubo equilibrio entre las cuerdas masculinas y femeninas y los barítonos-bajos sonaron con contundencia y profundidad.

 




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