La Juvenil San Martín en tres notables conciertos



He escrito con frecuencia sobre la calidad de los conciertos de la Orquesta Juvenil Nacional José de San Martín y del talento de Mario Benzecry. Tres conciertos muy disímiles lo ratificaron.  El director programa una ópera por año en versión de concierto; esta vez fue “Aida” de Verdi. 

 

Pero quiso la mala suerte que a último momento se enfermara Leonardo López Linares, que debía cantar Amonasro el 13 de octubre a las 11,30 en la Ballena. Benzecry tomó la decisión de seguir adelante previos cortes de todas las intervenciones del padre de Aida. Si esto complica la Escena del Triunfo, es crucial en el Tercer Acto, ya que el dúo con Aida cambia todo al convertir a Radames en traidor aunque sea por inadvertencia. Se cortan unos 20 minutos de música. No obstante, En el teatro con escenificación hay covers pero no en un concierto. Sin Amonasro la ópera sin duda pierde pero puede seguir adelante; sin Aida, Radames y Amneris es sencillamente imposible. También, porque interviene con frecuencia, complica bastante más que Amonasro si es “Ramfis” el que se enferma. 

 Intervinieron tres coros unidos: Ópera Studio Rosario (Nelson Coccalotto), Carlos López Buchardo (Santiago Cano), del Instituto Municipal de Avellaneda (Armando Garrido). Y además en la Escena triunfal la Agrupación Musical de la Policía de la Ciudad (Jorge Silveyra). Qué meritorio y arduo por parte de Benzecry juntar a tanta gente con la Orquesta Juvenil y con cortes salir indemne, más allá de mínimas pifias de trmpetas. Y qué salud y energía en el octogenario director. Sus enfoques son claros y terminantes al dar entradas y lograr un sonido poderoso y unitario e igualmente limpios en esos climax verdianos que llevan a una interrupción absoluta del fraseo de gran impacto dramático. “Aida” es una ópera muy coral y demandante; los tempi de Benzecry fueron a veces algo rápidos y faltó sutileza en ciertos pasajes pero nunca hubo hesitaciones.   Y la masa coral sonó bien, con los registros agudos saludables, seguros graves del Coro masculino en la escena del Juicio y un evidente sentido colaborativo para que tres coros juntos sonaran homogéneos. En cuanto a la Orquesta, tocó con su ya habitual firmeza en todos sus estamentos; una orquesta avezada pero de jóvenes.

El elenco tuvo momentos logrados y otros donde hubo aspectos negativos. Haydée Dabusti volvió a cantar en público tardíamente y cuando lo hizo varios lustros atrás impresionó como una artista de sensibilidad y conocimiento de los estilos italianos del siglo XIX; ayudó su experiencia en ámbitos italianos donde cantó frecuentemente. Se la apreció en muchas funciones del Avenida; su fuerte carácter y malas decisiones de los que en años recientes manejaron lo que antes se llamaba (y debería volver a llamarse) Dirección de estudios no sólo la dejaron afuera a ella sino a varios otros igualmente merecedores de ser llamados, a lo que se añade la muy escasa cantidad de óperas que el Colón da por año. Pero con el correr del tiempo el timbre de Dabusti fue disminuyendo el terciopelo que supo tener su ya lejana Norma, aunque siempre mantuvo su pureza de estilo. Y en el caso de “Aida” yo estuve presente cuando la cantó en el Colón el año pasado y supe que careció de adecuados ensayos, además de tener que cantar con un tenor (Folger) que sustituyó al programado que había enfermado. Tuvo un desliz en “O patria mia”, donde no llegó bien al Do culminante, y no me quedó claro si fue por falta de ensayos. Pero debo ser veraz y expresar que ese Do volvió a serle esquivo en la función que comento; quizá su voz esté cambiando y bajando. Lo compensó con ese fraseo auténtico de la gente que sabe y tuvo momentos muy gratos como el dúo final. 

Juan Carlos Vassallo ha cantado bastante en el Teatro Argentino; su voz rinde en todo el registro aunque su timbre no tenga especial carácter. Conoce bien la obra y no tuvo tropiezos, lo cual de por sí es positivo en un personaje heroico como Radames. Un cantante competente aunque no entusiasme.

Si Anabella Carnevali lograra controlar su amplio vibrato sería una Amneris de categoría, ya que tiene gran sentido dramático y domina el personaje; lo mejor suyo fue cuando confrontó a Aida en el primer Acto y luego en el último cuando atacó a los sacerdotes. Tiene un auténtico timbre de poderosos graves y llega a los agudos en este difícil personaje dominado por el amor y su orgullo de ser hija del Rey (como en la ópera llaman al Faraón).

Emiliano Bulacios es uno de nuestros buenos bajos jóvenes; hizo un correcto Ramfis aunque otras veces lo escuché con mayor volumen e impacto. Tuvo escasa presencia sonora el Rey de Mariano Andrés Mariño. Como hay una sola Sacerdotisa y un solo Mensajero y el programa listaba dos (seguramente porque esta “Aida” también se dio el día anterior en la Facultad de Derecho) no voy a aventurar nombres; sólo diré que la Sacerdotisa fue algo incisiva y el Mensajero aceptable. 

En suma, una “Aida” mejorable pero con aspectos dignos.

 


      El Mozarteum siempre apoyó a la Juvenil y Benzecry lo agradeció en el concierto del 6 de Noviembre de Conciertos de Mediodía en la Ballena cerrando el ciclo de este año. Un programa Tchaikovsky con obras conocidas permitieron el lucimiento de una orquesta que con excepción de algún desliz de bronces muy pasajero tocó admirablemente tanto en la espléndida Marcha Eslava op.31 como en la Cuarta sinfonía. La primera según el enfoque de la Directora adjunta María Claro Marco Fernández, la segunda dirigida por Benzecry. No conocía a la Directora, que me impresionó como sólida discípula del Director titular, con tempi razonables, buen control de los fraseos y gestos claros. La Marcha eslava, si bien se basa en melodías populares, con el sortilegio de la inmensa habilidad del compositor se convierte en una de las mejores marchas del repertorio, con imaginativas maneras de presentar los materiales de modos siempre distintos y atrayentes. La conocí en un antológico álbum de un concierto de Stokowski y se convirtió en una obra favorita. Aquí se interpreta demasiado poco.

    La Cuarta , como la Quinta y Sexta, es obra habitual de repertorio y no pasa año sin que se la escuche, a veces más de una vez, en las temporadas porteñas. El primer movimiento tiene mucho de trágico pero el segundo es melódico ante todo, el tercero es de humorismo refinado con sus pizzicati y el final es un desenfreno popular apenas interrumpido por la reaparición del tema del destino. En una de sus mejores interpretaciones, Benzecry supo estar en el clima de cada movimiento y logró de la orquesta un rendimiento asombroso. 

    No pudo haber final de temporada más emocionante que la Sinfonía Nº2, “Resurrección”, de Mahler. Confieso que la grabación de Klemperer con la Sinfónica de Viena para Vox de 1952 fue uno de los grandes impactos de mi primera adolescencia; yo tenía 13 años y en la temporada anterior había conocido la Primera por Mitropoulos y la Minneapolis. Mi convicción no varió desde entonces hasta ahora: junto con la Quinta, Sexta y Novena (que conocí algo más tarde), y añadiendo “La Canción de la Tierra”, la Segunda es una obra sublime cuyo contenido siempre me lleva a un estado de concentración tal que estoy pendiente de cada compás; seguí la partitura quizás unas 30 veces y sigo descubriendo cosas nuevas, cada vez más ricas y profundas. Por supuesto tengo varias grabaciones: la segunda de Klemperer, las de Walter, Solti, Kubelik y Bernstein. En vivo la presencié todas las veces que pude; la mejor, la de Mehta con la Filarmónica de Israel con coro y solistas argentinos para el Mozarteum hará unos 30 años. Pero nunca la escuché por una orquesta juvenil y me quedé nuevamente pasmado por lo que logró Benzecry.  Y más allá de su director, cuánto talento genuino hay en sus filas, con qué entusiasmo tocan. Puedo objetar, sobre todo en la acústica de la Ballena, que harían bien Benzecry y la percusión de no tomar al pie de la letra los fff porque tapan a las cuerdas; fuera de eso sólo tengo elogios desde lo más profundo de mi espíritu.

    Como en casi todas las sinfonías mahlerianas, la segunda empieza con una enorme marcha fúnebre y nunca con mayor sentido: para resucitar hay que morir… El Ländler siguiente es un remanso. El extenso scherzo, sardónico.  La novedad de un breve cuarto movimiento con un solo lento y metafísico de mezzosoprano nos prepara para el gigantesco quinto movimiento, que empieza con un cataclismo y luego nos lleva a un prolongado desarrollo sinfónico que alcanza varias veces un climax hasta que misteriosamente se calma y allí durante varios minutos  fanfarrias lejanas (una a la derecha y otra a la izquierda) nos llevan a un silencio total; entonces empieza la Oda de Klopstock sobre la Resurrección con el coro cantando ppp y gradualmente acompañado por la orquesta va subiendo la dinámica y entran la soprano, muy lírica, y la mezzo; con un texto cada vez más cercano a Dios se llega a los últimos cinco minutos conmocionantes como pocas músicas de la historia; durante ellos se unió el gran órgano Klais para los compases finales. 

    Tengo los datos del concierto del 10 de diciembre gracias a un mail enviado por Benzecry, ya que, como lo expresé en otro artículo, Lombardi nos hizo el “regalo” de no editar más programas durante el último mes de su gestión. Como ocurrió en “Aida”, hubo tres coros: el Lagun Onak, el de la Facultad de Derecho (ambos dirigidos por Miguel Pesce) y el Polifónico Evangélico dirigido por Costanza Bongarrá (nuevo para mí). Además, como en “Aida”, la Banda  de la Policía de la Ciudad (Jorge Silveyra). ¿Por qué en la ópera se la llamó “Agrupación Musical” en vez de “Banda”? Y hubo dos solistas de primer orden: la soprano Carla Filipcic Holm y la mezzosoprano Alejandra Malvino.

    Benzecry se atuvo con absoluta escrupulosidad a cada indicación de la partitura; Mahler es enormemente detallado en sus instrucciones. Hasta que en el cuarto movimiento interviene la mezzosoprano hay tres arduos movimientos de grandes y abundantes contrastes: fueron ejecutados con notable exactitud. Luego Alejandra Malvino cantó con el estilo y la nobleza que la distinguen ese bellísimo “Urlicht (“Luz primordial” que pese a estar en “Des Knaben Wunderhorn” parece de Nietzsche). Tras tremendas 50 páginas de embates orquestales las trompetas y trompas lejanas crean un clima muy especial y llevan al “Lento. Misterioso” coro a cappella y luego las intervenciones de soprano y mezzo compaginándose con el coro con el texto conmovedor de Klopstock sobre la Resurrección; sólo cito el final: “Me elevaré hasta la luz que ningún ojo ha penetrado. Resurgirás, todo aquello por lo que has luchado te llevará hacia Dios”.   

Creyente o no, el mensaje llega al que sabe escuchar y la sublimidad lleva al llanto. Con coros muy bien preparados y el talento de soprano y mezzo añadidos a una orquesta asombrosa llevada con total convicción por Benzecry, la ovación interminable fue el justo homenaje a compositor e intérpretes. Broche de oro para la Juvenil, sin duda. 

Pablo Bardin

 

 




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