Hiatus Kaiyote en la Ciudad Cultural Konex: cuando las etiquetas no alcanzan



En el marco de su primera gira latinoamericana, la banda liderada por Nai Palm confirmó su inefable propuesta estética a fuerza de virtuosismo y carisma escénico.

 

Por Iván Gordin.

 

“¿Por qué cantan eso? ¿Qué significa?”, la vocalista oriunda de Melbourne parece confusa mientras se carga al hombro su Jackson Flying V. Claro, el público argentino no para de corear su ya clásico “Olé, olé, olé”, pero la métrica es complicada para un nombre como Hiatus Kaiyote, ¿Iá-tus? ¿Aiatus? ¿Coyote? ¿Kaiyoti? Luego le explican, ella agradece, todavía no sabe bien qué es pero sabe que es algo bueno. No se entiende del todo, pero el entusiasmo hizo posible que cientos de jóvenes sub 30 incluyeran estas dos palabras impronunciables (incluso para nativos anglosajones) en un cántico digno de cualquier cancha del Nacional B. Tal vez este milagro sea la síntesis perfecta de la proyección sonora que presenta esta agrupación proveniente del otro lado del mundo: “No sabemos por qué, pero funciona”.

 

Hiatus Kaiyote saltó a la “fama” en 2015 como parte de un movimiento que muchos se apresuraron a definir como “Neo-Soul”, un rótulo que podría funcionar como la continuación no oficial del siempre polémico “Fusión”. Dos cucharadas de jazz, una pizca de lo-fi, un poquito de psicodelia, una capa de rock y pop, y así se va construyendo un género que a todos les gusta escuchar de fondo pero a nadie le interesa prestarle demasiada atención. El emparentamiento con el soul está, sin dudas, asentado en la columna vertebral de Hiatus: la batería de acentos corridos de Perrin Moss, el bajo de 5 cuerdas de Paul Blender, y los melismas jazzeros de la ya mencionada Nai Palm. Ninguno de les tres opta por una ejecución ortodoxa de su instrumento y agrega dificultad al intento de categorización musical. No obstante, son los sintetizadores de Simon Marvin, omnipresentes en una textura ya de por sí compleja, los que inspiran a una buena parte de la crítica a agregar el prefijo “neo” a algunas expresiones abrumadoras.

 

Cierto es, también, que por momentos el desafío cognitivo no pasó solo por la variedad estilística, sino por varios problemas técnicos de ecualización. El recital, originalmente planificado para el patio del Konex, por riesgo de lluvia debió ser mudado al escenario techado de Futurock; un recinto plagado de columnas y sin curación acústica que se aprecie. Un espacio que atentó contra ciertos detalles tímbricos y sobre todo, contra la precisión sonora de la voz y el bajo. Estos últimos, ejecutados por dos músicos excepcionales, pero que se vieron perjudicados por la “bola” que parecía homogeneizar toda nota en una gran masa de graves. Problema que no pareció perturbar al público el cual disfrutaba, arengaba y bailaba buena parte de los pasajes de la banda. Quizás, ese sea el problema, tratar de dar una perspectiva racional a una transmisión sensorial. Hiatus Kaiyote es el nombre de un animal inventado, un animal que se mueve sutilmente en un trance y que explota en el momento menos esperado. Ya al final del recital, y con un pañuelo verde en su cuello, Nai destaca: “Los sacaron del gobierno, ¡buen trabajo!”. Y sí, el pueblo nunca se equivoca, y menos en un concierto.

 

 




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