El papel del Tango en la revolución del siglo XXI.



Dramaturgo. Director teatral. Docente de la Universidad Argentina de la Empresa, Universidad de Belgrano y en el Centro Cultural Rojas. Fue director del Adán Buenos Ayres y el teatro 25 de Mayo. Desde la función pública trabaja como Director de Enseñanza Artística en la Ciudad de Buenos Aires.

Alejandro Casavalle nos propone, desde el Tango contemporáneo de Ástor Piazzolla y Horacio Ferrer, una visión retrospectiva sobre el amor y el género.

Por Natalia Cardillo. PH: Gentileza: Casavalle
 

¿Cómo fueron tus comienzos con el Arte?

Mis comienzos empiezan en la panza de mi madre. Mi madre era profesora de baile y bailarina, así que desde que fui gestado ella daba clases de danza y eso es algo que empiezo a reconocer ahora. Gracias al proceso del teatro, realicé otros aprendizajes, que cuando uno es más grande dice “por qué esto o aquello”. Y esto lo digo porque mi relación con la música por ejemplo fue nata en mí; la tengo incorporada desde mi nacimiento. Sobre todo el ritmo. Comencé a dirigir desde muy chico y siempre me decían que tenía ritmo en lo que hacía; que la obra no se caía. Mi mamá tenía el estudio de danza en casa, entonces estando yo en la cuna escuchaba música. Miraba todo desde un lugar muy amoroso. Luego toqué la guitarra, el bombo, me compré un bajo. Escuchaba mucho Queen. Siempre me relacioné con la música en todos los sentidos. Pero me impactaba la imagen y la actuación. Entonces desde muy chico comencé a estudiar con Agustín Alezzo, Julio Chávez, Augusto Fernandez.  Ellos son mis maestros. Me relacioné mucho con todo ese núcleo. Luego volvió el tema del ritmo y la sonoridad. Empecé a buscar por otros lados. Daniel Veronese también tuvo mucho que ver en eso. Comencé a indagar en múltiples lenguajes.

¿Cómo cuáles?

Estudié en la facultad de Comunicación Social. Hice audiovisuales desde chico. Filmaba cine. Grababa  cassettes. Trabajé como productor en radio. Siempre vinculado a lo sonoro. Usaba música en los espectáculos, me lo cuestionaron en un momento y dejé de poner música. Me volqué más a la palabra. Pero aparecieron películas que me marcaron como “All that jazz”, “The wall”. Esa película de Pink Floyd creo que la vi unas ciento cincuenta veces. Fui víctima de bullying por eso; pensaban que era un drogadicto por ver eso tantas veces (risas). En esa época fue fuerte. Estudié mucho el sonido y la musicalidad de la palabra. Me gustaba escuchar y estudiar diferentes españoles. Y así vinculaba el ritmo con la afectividad. Me conectaba mucho con lo emocional. Al contrario de lo matemático que tiene la música. 

Es difícil a veces despegar la matemática de la música.

Yo una vez escuché a un chico de dieciséis años que tocaba el piano, empezó a tocarlo a los tres, y decía que él buscaba imágenes al buscar las notas. Algo muy peculiar. Ese muchacho es hoy Horacio Lavandera. Un genio. Y me pasa eso de, desde las imágenes, encontrar los sonidos. Me aparece más lo sonoro perceptivamente que lo visual. No puedo imaginar imágenes. Sí los sonidos. Veo también lo que me pasa con el sentido de verdad. Depende de cómo algo suena, veo si hay algo falso o no en eso. Las vocales expresan emoción, las consonantes estructuran. Y la música es tan poderosa, que te puede llevar de la nariz. Cuando vos estás contando algo la música condiciona. Ahí está el desafío con la palabra. Cuando la sonoridad comienza a relacionarse con el texto empieza el juego. Yo elijo tomar la música, noble, que te permite un viaje reflexivo, y te lleva al umbral; que no te pierda tampoco.

De todas formas, seguramente, ahí comienza tu trabajo de director haciendo volver al que se pudo haber perdido.

Uno puede dirigir, pero no dictarle a la gente que hacer. Pero ahí hay algo que tiene que ver con la constelación que se arma entre la obra y el público en cada función. Esto lo tomé del libro Free Play. Uno puede armar una estructura. Luego sobre esa estructura uno puede viajar y dejarse llevar a diferentes lugares. El teatro es el arte de repetir, pero es también el arte de representar. Cada vez, se vuelve a hacer presente. Por eso presenciar un concierto es muy diferente a tenerlo grabado en un disco.  

La situación del “vivo” es única.

Claro, y en el teatro tenemos esa posibilidad cada vez.  Y ahí está el arte, de los actores, los cantantes, los músicos, de traer a la gente de nuevo. Si el conjunto no funciona, no hay posibilidad de obra. Y la música es muy facilitadora de eso. En la obra que arrancamos a ensayar este año y ya se viene que es “Pospríncipe blue”, hay algo en los textos de Horacio Ferrer y la música de Ástor Piazzolla que hace terminar de entender lo que estamos diciendo con el texto. El texto quizá es más barroco y la música es la que termina de aclarar, de iluminar. La música tiene una narrativa también. Ferrer era un poeta. El Tango tiene una literatura. Hay palabras que uno a veces desconoce y el Tango las tiene incorporadas. En este trabajo que habla en este momento de construcción del “macho”, que entra en un umbral en el que este príncipe de alguna manera trata de abdicar de sus colonias lo hace a través de la filosofía del Tango. 

¿Por qué el Tango para esto y no otro género?

No es sólo Tango. Hay algo de bossa nova y una zamba de Spinetta. 

“Barro tal vez”.

Sí. Que la escribió a sus dieciséis años. Su papá era cantante de Tango. Todo va cerrando siempre. Spinetta toca eso, mamándolo. Luego se aleja en cierta forma del folklore y sin embargo esa es una de sus canciones más escuchadas. En la obra aparece Piazzolla primero y luego nos vamos más a los años cuarenta, treinta. Va como yendo hacia atrás en un sentido.  Necesitamos eso para deconstruir el mensaje. Ir a eso del Tango “machista”. Pero indagando en qué le sucede a ese hombre que cuenta lo que cuenta. Para nosotros fue un pretexto. No se trataba de parodiar. Una vez un hombre me dijo “Piazzolla no es Tango, es demasiado bueno” – en el sentido amoroso de la palabra - , y ahí me encantó porque yo me crié con Piazzolla, como con Luis Alberto Spinetta. 

Son artistas que si uno se detiene a escuchar realmente, provocan vuelos. Te puede gustar o no lo que hacen, pero indiferentes no son. 

Impresionante. Ambos. Piazzolla rompe, es Tango y también Jazz. De ahí fuimos a  Goyeneche y al espíritu de la bossa nova, el saudade, el esplín. Y de ahí al percal y al barro. Con esos elementos supimos que teníamos el viaje de la justicia poética de este príncipe que abdica del lugar que tiene, plagado de territorios de conquistas, para entrar en otro. Este otro tiene otra comprensión amorosa y afectiva. 

Es otra manera de hacer visible el cambio de paradigma que estamos viviendo.

A mí lo que me pasa desde lo artístico es que es mi tema. Desde “Pasiones olvidadas” que fue la primera obra que hice, con un Pierrot andrógino. Después pasé por “Pornodramas”, en el año 2003 y lo veían como algo provocador cuando lo mío buscaba llevar a la reflexión, al reconocimiento del  falocentrismo; y así ciertas cosas que ya las iba poniendo en el tapete. Así que “Pospríncipe Blue” es una decantación natural. Es fuerte. Hay, como digo siempre, como capas geológicas que superar aún con estos temas. Hay gente que aún vive en el Medioevo. Y el avance de esta era tecnológica conecta a la vez con esta globalización del no género. Hablamos mucho de los signos también en la obra, hablamos del Tarot. Incluyo de manera no explícita ciertos mensajes. La música es llevada adelante por “Yasmina Raies Trío”. Tres exquisitas músicas. Yasmina en piano y arreglos, Mariana Borghi en contrabajo y Natzuki Nishikara en bandoneón. Ellas están en escena junto a los cuatro actores. Una de ellos bailarina, contorsionista, Luana Casavalle. Una es actriz, Camila Canziani. Y los actores Facundo Ponce y Germán Moldován, que venían de un trabajo muy espiritual. Esto liberó y fue abriéndose. Ellos tienen una sensibilidad muy especial. En esta obra, se muestra la abyección del deseo macho y comienza a comprenderse su estado de renacuajo; este príncipe sapo va hacia atrás. Y comienza su verdadera metamorfosis. Hay una cuestión cultural está ya implícita, y aparecen temas como la madre. Y la madre está en el Tango. Pero ¿qué pasa con ese dolor, con esa nostalgia, y el niño, el adolescente y el macho? Antes no se planteaban abiertamente estas cosas. Pero en el Tango aparecen. La mirada del varón que mira a otro varón. Esa mirada del juicio que nos interpela. 

El miedo a no pertenecer.

Claro, a dejar de ser de la manada; ese miedo. En la adolescencia se pierde el tema del espejo y comienzan las crisis. Ya Lorca hablaba de eso durante el franquismo. Es un momento interesante del camino. 

Este trabajo es una especie de cierre de proceso de varios temas, que decís te han signado. ¿Qué asociaciones hacés?

Por ejemplo entender que el musical no es un género menor. Lo importante que es la Ópera. La importancia del sonido. Las cuestiones de género. En el baño del MALBA enfrente al público en los “Pornodramas”. “Pasiones olvidadas” es un gran nexo; Migré estaba en el jurado cuando ganó la obra y le encantó. Alberto Migré, genio del Melodrama me marcó también. Hoy esa música es “Pospríncipe blue” y “Volver”, la obra musical que también protagonizan Facundo y Germán. Y hoy estoy en un momento en que obedezco mi deseo. Me desplazo por lo que me moviliza. Desde la función pública trabajar en la igualdad de posibilidades. Me regocijo en que jóvenes descubran el Tango. Nuestro Tango contemporáneo. Piazzolla, y volvemos al principio. 

Donde todas las piezas encajan.

Donde todo conecta.

 



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