John Eliot Gardiner, Monteverdi Choir, y The English Baroque Soloists en un concierto indispensable.



Finalmente, el director llegó con los dos conjuntos que fundó: el Monteverdi Choir y The English Baroque Soloists; lo hizo como parte de una gira latinoamericana que no pudo incluir Chile debido a los disturbios, y con un programa que combinó a tres italianos (Monteverdi, Carissimi y D. Scarlatti) con un inglés, H. Purcell.  En un solo programa no se puede abarcar todo lo que uno quisiera, y quedaron afuera nada menos que Bach y Händel; ello no obstante, fue una gran experiencia.

 

Por Pablo Bardin.

 

Pocos artistas han sido tan esperados en Buenos Aires como John Eliot Gardiner. Hace ya bastantes años se lo anunció como Director de la Orquesta Philharmonia de Londres en repertorio sinfónico habitual pero aparentemente se enfermó y en su lugar vino Paavo Järvi (hijo de Neeme; ambos vinieron una sola vez aquí). Esto fue en una temporada del Mozarteum. Esa frustrada visita representaba el otro aspecto de Gardiner, el que abarca repertorio de los siglos XIX y XX, pero su mayor fama proviene de su entusiasmo por y enorme estudio del Barroco, especialmente Monteverdi y Johann Sebastian Bach. Finalmente, el director llegó con los dos conjuntos que fundó: el Monteverdi Choir y The English Baroque Soloists; lo hizo como parte de una gira latinoamericana que no pudo incluir Chile debido a los disturbios, y con un programa que combinó a tres italianos (Monteverdi, Carissimi y D. Scarlatti) con un inglés, H. Purcell.  En un solo programa no se puede abarcar todo lo que uno quisiera, y quedaron afuera nada menos que Bach y Händel; ello no obstante, fue una gran experiencia.

    Gardiner nació en Fontmeil, Dorset, pueblito no muy lejos de Bournemouth, el 20 de abril de 1943; o sea que tiene ahora 76 años; los lleva bien. Estudió en el King´s College de Londres y luego con Thurston Dart, gran especialista del Barroco y en particular de los ornamentos (su artículo en Grove´s es magistral); también estudió con Nadia Boulanger (¿quién no lo hizo?). Y a sólo 21 años fundó el Coro Monteverdi, compositor a quien considera con justa razón el gran innovador de la época, en su larga vida yendo del mejor Renacimiento (Prima Pratica) a la primera gran etapa del Barroco (Seconda Pratica).  En 1968 Gardiner fundó la Orquesta Monteverdi que se convirtió en 1978 en los actuales English Baroque Soloists. Paralelamente empezó con su otra faceta: 1980-83, Orquesta de la Radio Canadiense, Vancouver; 1983-88, Ópera de Lyon; 1991-94, Orquesta Sinfónica de la Radio del Norte Alemán. Desde entonces no ha vuelto a tener un puesto fijo pero sí aceptó múltiples ofertas para dar conciertos con importantes orquestas. No concluye allí su aporte: también dirigió óperas en el Covent Garden, La Scala y la Ópera de Viena. Y muy especialmente, fundó la Orchestre Révolutionnaire et Romantique en 1990, en la que logró versiones historicistas de Berlioz (hasta estrenó su Misa) y otros compositores. Y estuvo a cargo del Festival Händel-Göttingen entre 1981 y 1990. Realizó la enorme cantidad de 250 grabaciones, incluso las 198 Cantatas sacras de Bach. Tuvo la entereza de estar a cargo de puesta y dirección de “Così fan tutte”, porque según declara en el folleto estaba harto de las absurdas modificaciones que se hacían con el libreto (por eso la compré; al fin algo bien hecho). Su versatilidad lo llevó a grabar “La viuda alegre” de Lehár (¡). Y se interesó en grandes obras modernas como el War Requiem de Britten o “The Rake´s Progress” de Stravinsky. Grabó todos los conciertos maduros de Mozart para fortepiano y orquesta de Mozart, con Bilson. Seis misas de Haydn, siete oratorios de Händel, 4 óperas francesas de Gluck, “Oberon” de Weber, “Les Troyens” de Berlioz. Y por supuesto mucho Monteverdi, incluso un estupendo DVD del “Vespro della Beata Vergine”. 

    En esta gira latinoamericana (malograda la visita a Chile por los disturbios) el Monteverdi Choir vino con 10 sopranos (¿puede llamarse Sam una mujer?), 1 mezzosoprano, 3 contratenores que equivalen a otras 3 mezzos, 4 tenores y 4 bajos (incluso bajo-barítonos). Los English Baroque Soloists fueron muy pocos, sólo 5, por un motivo: la música elegida sólo necesita del apoyo de un bajo continuo con los instrumentos que habitualmente se usaban en esa época: un órgano y clave, James Johnstone; un arpa de tipo barroco, Gwyneth Wentink; una tiorba, Thomas Dunford; un violoncelo, Kinga Gáborjani (podría haber sido una viola da gamba); y un contrabajo, Valerie Botwright (podría haber sido un violone). En suma, un historicismo moderado pero que sonó bien. 

    Purcell inició ambas partes. En la Primera, se escuchó “Jehova, quam multi sunt hostes mei” (“Dios, cuánto se han multiplicado mis adversarios”), Z.135 (Z es “F.F.Zimmerman´s Analytic catalogue”, 1963). En mi catálogo de CDs del año 2000 hay nada menos que 12 versiones, incluso la de Gardiner en Erato con Tomlinson. Es uno de los dos únicos motetes en latín que escribió el compositor y está escrito para 5 voces (2 sopranos, alto, tenor y bajo) con ricos pasajes en tutti alternando con solos, en particular del bajo, y con el apoyo pleno del bajo continuo. Un error de criterio en todo el programa fue el de no identificar a aquellos cantantes que tuvieron solos; en este caso fue precisamente el bajo el que mostró un timbre de calidad y una sólida afinación; el coro no estuvo en su plenitud en los primeros minutos pero luego llegó al alto nivel que se espera de él.  En la Segunda Parte se escuchó un famoso anthem (himno): “Hear, my prayer, o Lord” (“Escucha mi plegaria, Señor), de atrayente melodía, escrito para 8 voces (en realidad dos semicoros) y órgano ad libitum (aquí estuvo); quizá, escribe Margarita Pollini, sea “un fragmento de una obra de mayores proporciones y de carácter fúnebre nunca terminada, o perdida”. Aquí el trabajo coral fue espléndido. Me extrañó que Gardiner lo uniera a una obra tan distinta como el Stabat Mater de Domenico Scarlatti, sobre todo porque el inglés y el latín no congenian, ni Purcell se parece a D. Scarlatti. También este “full anthem”, Z.15, tiene numerosas grabaciones, incluso Gardiner.

Después del primer Purcell tuvimos uno de los dos puntos más altos de la noche: la extraordinaria “Messa a 4 voci a cappella”, SV 190, de Monteverdi; no me molestó pero sí me pareció arbitrario añadir al violoncelo en ciertos pasajes, como si fuera para ayudar la afinación. Es parte de una amplia publicación póstuma del editor Alessandro Vincenti, que agrupa obras muy dispares: “Messa a 4 voci et Salmi a 1, 2, 3, 4, 5, 56, 7 et 8 voci, concertati, e parte da capella, et con le letanie della B.V.”  (Beata Vergine). Bien dice Pollini: la Misa es “ejemplo perfecto de la síntesis que Monteverdi realizó entre la tradición renacentista y las innovaciones propias del Barroco”. Nos han quedado sólo tres misas completas de Monteverdi y las tres son del “stile osservato” heredado de Palestrina, de estricta observancia polifónica pero en Monteverdi actualizado en la armonía. La que escuchamos asombrosamente está poco grabada, ya que es magistral y bellísima; no olvidemos que las grandes misas renacentistas tuvieron genios como Josquin des Prés, Roland de Lassus y Palestrina y que ese estilo, reforzado por las decisiones del Concilio de Trento, seguía siendo el promovido por la iglesia romana y que incluso la fastuosa Venecia debía en el género de la Misa obedecer esas instrucciones, aunque podía ser mucho más libre en otras manifestaciones sacras, como en los Magnificat o los salmos, de “stile concertato” (“Seconda Pratica”). Un tercio de la producción sacra monteverdiana que nos ha llegado está en la Prima Pratica y dos tercios en la Seconda.  Ya desde el Kyrie inicial nos encontramos con un canto coral de pureza inenarrable, alternando refinados pianissimi con intensos momentos “a piena voce”; la magia de Gardiner había llegado, la que lo hizo justamente célebre. En 24 minutos concisos fuimos escuchando las partes habituales de la Misa católica, sorprendiendo la magnificencia del Gloria, en el Credo el trágico Crucifixus seguido del poderoso Et resurrexit; tanto el Sanctus como el Benedictus contrastaron con un breve jubiloso Hosanna, y el Agnus Dei final fue un noble cierre. 

Giacomo Carissimi (1605-74) es una figura esencial  en la evolución del recién nacido oratorio. Fue maestro di cappella en el Oratorio del Santissimo Crocifisso de Roma y para éste escribió la mayoría de sus oratorios, entonces muy breves en comparación a lo que vendrá después (con la excepción de la extensa “Rappresentazione di Anima e di Corpo” de Emilio De´Cavalieri que comenté recientemente).  La “Historia di Jephte” es uno de los más conocidos. Dice Pollini: “Escrito alrededor de 1648, se basa en el episodio del Libro de los Jueces que narra la historia de Jephte, capitán del ejército de Israel, quien había prometido a Dios en la batalla sacrificar al primer ser humano que saliera a recibirlo en el retorno a su hogar si vencía a los amonitas. Tal como le sucede al rey cretense Idomeneo en la tragedia  griega, Jephte vence, y a su regreso encuentra a su única hija” (antes que nadie) “a la que debe sacrificar para cumplir con su promesa. El narrador (Historicus) se distribuye hasta en 4 voces simultáneas y engarza las intervenciones de Jephte y Filia (la hija). El coro comenta la acción en pasajes meditativos o plegarias y en el desgarrador lamento final”. Conocí “Jephte” en Agosto 1965 cuando nos visitó el Coro La Faluche (francés) dirigido por Le Roux, con la Sinfónica Nacional y solistas argentinos: Pellegrina Rossi, Burello, Sassola y Zanín; no recuerdo haberlo escuchado en vivo desde entonces, pero tengo la grabación en Archiv por el Coro del Norte Alemán dirigido por Gottfried Wolters utilizando la edición de Friedrich Chrysander de 1871; hay 6 solistas vocales; los principales son Johannes Feyerabend y Lisa Schwarzweller; y el continuo está integrado por clave, viola da gamba y contrabajo; dura 22´38”. Este admirable disco contiene dos Monteverdi: “Lamento d´Arianna” en transcripción de Carl Orff  cantada por Elisabeth Höngen, acompañada por Leitner y Reinhardt en clave a 4 manos y un contrabajista; y la “Sonata sopra ´Sancta Maria ora pro nobis´” del “Vespro della Beata Vergine” en edición de Gian Francesco Malipiero; Coro de niños del Coro de la Catedral Santa Eduviges de Berlín y un conjunto de cámara con 2 violines, cornetto, 2 trombones, 1 “trombone doppio”, viola da gamba y órgano positivo, director Carl Gorvin. O sea, el historicismo disponible entre 1952 y 1954, cuando se grabaron estas tres obras. Volviendo a “Jephte”, en apenas unos 25 minutos se suceden 24 fragmentos entre los solistas y el coro; el programa trajo el texto en latín y castellano (muy útil, aunque además hubo subtítulos) y en esos pocos minutos transcurre el drama, con fuertes contrastes y evidente influencia operística. Y ahora debo confesar que me resulta inexplicable porqué el tenor (Jephthe) cantó en un estilo “piangione alla Gigli” (pero muy lejos de su belleza de timbre), ya que Gardiner o lo permitió o lo marcó así, con una ruptura de estilo que no me resultó aceptable, única mancha en el concierto, ya que la soprano (Filia) cantó con voz fina de escaso vibrato y el Coro cantó bien (aunque por debajo de lo obtenido en Monteverdi) y los instrumentistas dieron un apoyo adecuado. 

El segundo punto más alto del concierto fue una revelación: el Stabat Mater en do menor de Domenico Scarlatti, que no recuerdo haber escuchado aquí. Ya en el año 2000 figuran sin embargo nada menos que 7 grabaciones, incluyendo las de Gardiner, Van Nevel y Norrington. Soy un entusiasta de sus sonatas (“esercizi”) ya sea en piano o en clave, pero ignoro su producción en Italia antes de ir a vivir en España. Y creo que el lector en general no sabrá que compuso 12 óperas entre 1705 y 1720, además de 5 oratorios, muchas cantatas y este Stabat Mater para 10 voces con órgano (en esta ocasión con los 5 instrumentistas) escrito para el Liceo Musicale de Bologna. Sus diez partes duran unos 20 minutos; bien menciona Pollini la atmósfera sombría inicial y la fuerza de la tensión armónica, y más tarde el contrapunto de “Fac ut vere” o el tremendo drama de “Inflammatus et accensus”. Pero me impresionó especialmente el gigantesco contrapunto del Amen final, de una garra y una ciencia extraordinarios. Y en toda la obra pero especialmente en ese final Gardiner y su Coro estuvieron en su máximo nivel y no dejaron duda de su jerarquía.

Un aplauso cerrado y vibrante llevó a la pieza extra, a dos coros, que no identifiqué pero podría ser de Monteverdi, ya sea por el estilo o por la imaginación, y que fue una feliz despedida para un concierto indispensable.

 

 




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