Nuova Harmonia con dos conciertos innovadores



El ciclo de Nuova Harmonia había sido hasta los conciertos que voy a comentar bastante desparejo y me alegra afirmar que los dos conciertos más recientes aportaron innovación atrayente y útil con muy buenos intérpretes.

El 24 de septiembre, por supuesto en el Coliseo, debutó el Conjunto de Cámara Barroca La Folía con un programa insólito: “De aquel inmenso mar” (Música en torno a las rutas ibéricas de circunnavegación). Y el 10 de octubre retornó la Kremerata Baltica pero sin Kremer, liderada por Mario Brunello; y también allí hubo descubrimientos, en parte debido al fallecimiento del compositor Giya Kancheli, gran amigo de Kremer y la Orquesta.

 

Por Pablo Bardin.

 

PH: Enrico Fantoni

 

CONJUNTO DE CÁMARA BARROCA LA FOLÍA

    Me extrañó que el título ponga Barroca en vez de Barroco, que sería lo correcto. Y me encuentro que la “biografía” del programa los llama meramente “La Folía” y los define como el Grupo de música barroca “La Folía”, de modo que hay una inconsistencia. Considero que el de la “biografía” es el correcto. Fue fundado en Madrid en 1977 por el flautista y catedrático de flauta de pico Pedro Bonet (nosotros la llamamos flauta dulce). Una trayectoria de casi medio siglo. “Con una plantilla variable de instrumentos, el grupo estructura el repertorio de los siglos XVI a XVIII en forma de programas monográficos que giran en torno a determinadas figuras y hechos e hitos históricos, geográficos y culturales”. Ejemplos de discos: “Los viajes de Gulliver y otras visiones extremas del Barroco”, “La Nao de China (Música de la ruta española a Extremo Oriente”. A veces también han interpretado repertorio medieval y renacentista, y además han estrenado obras actuales si están ligadas al tema del concierto elegido. 

    No fue buena idea la foto encima de la “biografía” ya que no se corresponde con el grupo que vino. Éste se formó así: Celia Alcedo, soprano; Pedro Bonet, flautas de pico y dirección; Ignacio Zaragoza (pero en la página de programa figura Belén González castaño; si Belén es mujer, no fue la que tocó; si hombre, pudo serlo), flautas de pico; Celia Álvarez Dotres, viola da gamba; Jorge López Escribano, clave. Al tope de la página de programa hay esta leyenda: “Este programa forma parte de las actividades organizadas por el gobierno de España en conmemoración del V Centenario de la expedición de la primera vuelta al mundo”. El programa realmente facilitó las cosas a los espectadores ya que incluyó los textos de todo lo cantado (incluso traducciones de otros idiomas) y además comentarios de las obras realizados por Bonet con evidente erudición. Pero además el artista se dirigió al público con comentarios varios que a veces repitieron lo escrito pero en otros casos añadieron detalles interesantes. Es de admirar que en una edad que no puede ser de menos de entre 70 y 80 mantenga un dominio de primer orden de las variadas flautas de pico y de la ocarina con la que empezó el programa, además de ser el factotum de un programa que implicó larga investigación y nos trajo cosas que realmente asombraron.

     La Primera Parte se inició con “Hanacpachap Cussicuinin”, de Juan Pérez Bocanegra (h.1560-1645), del “Ritual formulario e institución de curas”, Lima, 1631. Para aquellos que durante los últimos 50 años nos hemos interesado en el Barroco latinoamericano y hemos asistido a muchos conciertos de este repertorio, “Hanacpachap…” nos resulta muy conocido, ya que se trata de un “himno procesional mariano en quechua y primera pieza polifónica que se haya conservado”; significa “De los cielos, mi alegría”. Intervino todo el grupo en esta música grata y valiosa. Luego, “Cantada a la Purísima Concepción ´De aquel inmenso mar´”, de Roque Ceruti (1683-1760), Ms. Arch. Catedral de La Plata, Sucre, Bolivia. “Cantada” es viejo español para “Cantata”. Se integra así: Recitativo, Aria viva, Recitativo, Aria alegre (unos 8 minutos). Ceruti era italiano y fue maestro de capilla de las catedrales de Trujillo y Lima. En efecto, es una cantata a la italiana, bien escrita y brillante; la soprano Celia Alcedo tuvo una primera intervención muy correcta, pero sin la redondez de timbre que fue logrando más tarde. No puedo dejar de recordar mi frustración en Sucre al encontrar la Catedral cerrada con cartel que indicaba que sólo abría en sábado y domingo; y en otro sentido, las investigaciones que mi amigo Waldemar Axel  Roldán y mi profesora García Muñoz realizaron en el archivo de la Catedral. 

Siguió un Anónimo del siglo XVII: “Tarambote para as duas charamelinhas” (Ms.Arch. Mosteiro de Santa Cruz, Coimbra, Portugal.  “Tarambote” significa “canzona”, “Mosteiro” es “Monasterio”. Después del tarambote, tres minuetos publicados en Londres por Avondano, violinista en Lisboa de la Real Cámara y director de la Assambleia das Naçoes estrangeiras.  Todo esto fue muy agradable y resultó interpretado con gracia y buen gusto; nuevo para mí.

Volviendo a América: “Quien aborrecido hijo” (Adonis) de “La púrpura de la rosa”, ópera de Tomás de Torrejón y Velasco (1644-1728) sobre texto de Calderón de la Barca; Lima, 1701. Es la primera ópera americana conservada y fue representada para celebrar la proclamación como Rey de España de Felipe V. En realidad se trata de la reelaboración de una primera versión realizada por el arpista y cantante de la Corte Juan Hidalgo en 1660. Y bien, con el título “Celos, aún del aire matan” se estrenó en el Colón en 1982 dirigida por Antonio Russo. De la versión de Torrejón escuchamos la dramática aria de Adonis donde explica su nacimiento; la soprano la cantó con intensidad y clara dicción. Quiero agregar que la versión de Hidalgo fue revisada por Pedro Sáenz, el admirable compositor y docente que fue Decano y profesor de contrapunto de la Facultad de Música de la UCA y que tuve el privilegio de ser su alumno.  Con interesante criterio, esta fase del programa se completó con una obra de Hidalgo (1614-85): Tonada sola de octavo tono “Disfrazado de pastor vaja (sic) el Amor”; Ms. Col. Sánchez Garza, Bibl. CENIDIM, México DF. Hay que entender “vaja” como errata de “viaja”. Una Tonada (canción) con coplas sobre un viaje de Cupido en el típico estilo hispano cultivado tanto en España como en América en el s. XVII; fue cantada con mucha desenvoltura. 

Fue después de esta tonada que Bonet le habló al público y explicó la pieza siguiente, un asombroso salto a Japón y Malasia: Dos canciones: a) “San Juan sama no uta” (“La canción de San Juan”), canción cripto-cristiana japonesa recogida de la tradición Kirishitan por Kataoka Yakichi, s. XX; b) “Angin be dingin” (“La brisa es fresca”), canción malaya adaptada por Thomas Forrest (h. 1729-h.1802) a la melodía de una Corrente (op.4 Nº 2) de Arcangelo Corelli (1653-1713), publicada en “A Voyage from  Calcutta to the Mergui archipelago”, Londres, 1990. El op.4 es las 12 Trio sonatas para dos violines y continuo (1694). El archipiélago Mergui está al sur de las islas Andaman, cerca de la ciudad del mismo nombre (Mergui), en el Sur de Myanmar (antes Birmania); son unas 200 islas; lo que me extraña es que está bastante lejos de Malasia, de modo que Forrest puso en ese libro cosas de otros viajes suyos. Por razón que ignoro el texto de a) no figura en el programa, pero en sí la canción es un testimonio: los europeos sólo llegaron a Japón en 1543, y la evangelización la inició en 1549 el miembro fundador de la Compañía de Jesús San Francisco Javier. En 1637 se cerraron las fronteras niponas para Occidente, salvo una intermediación holandesa comercial. Scorsese realizó hace pocos años una magistral y dura película sobre el trágico final de la experiencia cristiana. Los cristianos fueron apoyados por Oda Nobunaga (1534-82) pero su sucesor Toyotumi Hidegoshi (1537-98) consideró que la influencia cristiana era peligrosa para Japón y echó a los misioneros en 1587 aunque muchos se quedaron y algunos sufrieron el martirio en ese año. No obstante, quedaron varios miles y hubo nuevas rebeliones y ejecuciones hasta 1650. Entonces hubo un movimiento secreto: los Kakure kirishitan (Cristianos escondidos) en la isla Kyushu; recién con las reformas de la era Meiji (s. XIX) pudieron salir de su escondrijo. Sin embargo hubo dos grupos: los cristianos puros y los que mezclaron elementos budistas, a los que se llamó Hanare Kirishitan (Cristianos separados).   En cuanto a b) es un experimento curioso de cruce de lenguajes; Forrest era el capitán de la Compañía Inglesa de Indias, quien solía tocar con flauta y violín minuetos con el Sultán de Mindanao (Filipinas). La canción malaya fue adaptada para cantarla ante el sultán de Aceh (la zona agitada por un tremendo tsunami hace algunos años) en el Norte de Sumatra. Como se ve, había intercomunicación entre Malasia, Filipinas y Sumatra pero también contactos con occidentales. La soprano Celia Alcedo se adaptó a estas lenguas tan distintas y cantó bien. 

La Primera Parte terminó con la obra de un argentino muy ligado a la Facultad de Música de la UCA: Pablo Cetta, nacido en 1960. Su “Música en que siempre me esperabas” data de este año y fue creada para la gira de este conjunto. Tomó la letra de una canción del gran renacentista Josquin des Prés (escrito Desprez en el programa), “Mille regretz” (“Mil penas por abandonaros”); esto bajo el filtro de un compositor contemporáneo de sólida formación dio un resultado interesante; la obra es breve; el compositor saludó.

 La Segunda Parte empezó con otra obra muy reciente; tiene un enorme título: “Fernando y Sebastián huyendo del mundanal ruido (Navegar é preciso, viver nao é preciso)” de Pablo Sotuyo Blanco sobre fragmentos del poema “Barcarola” de Augusto dos Anjos, 1884-1914. Por supuesto, estreno. Sotuyo Blanco, “Compositor y musicólogo nacido en Montevideo y establecido en Salvador en Brasil, donde es profesor de la Universidad Federal de Bahía”, dice así: “Esta obra, creada especialmente para La Folía, pretende homenajear alegóricamente la primera circunnavegación realizada por Magallanes y Elcano (Fernando y Sebastián), cuyas vidas quisimos reflejar en los gestos, motivos y temas que organizan esta breve pieza” (no es breve sino bastante larga). “Auxiliado por fragmentos del poema ´Barcarola´, entre otros elementos textuales e intertextuales (musicales), navegamos entre dos mundos, el conocido y el ignoto, donde el poeta y los navegantes imitan, reflejan, juegan, huyendo (fugando) del mundanal ruido, como quien no consiguiera evitar la tensión dual entre la narrativa épìca y el canto lírico de las sirenas (con destaque para la soprano) que desvirtúa sueños y posibilidades”. Una composición extraña, innovadora, de grandes contrastes, fue cantada y tocada con gran habilidad.

Lo que siguió me llevó a territorio muy conocido: Domenico Zipoli, importante compositor italiano que se trasladó a nuestra Córdoba a vivir en pleno s. XVIII. Su vida no fue larga (1688-1726) pero dejó una obra primero europea y luego compuesta para Córdoba o para la Chiquitania boliviana. El Motete que escuchamos, “In hoc mundo”, se conserva en esa zona: Ms. Arch. Musical de San Rafael y Santa Ana, Chiquitos, en la que trabajaron las misiones jesuíticas en territorio guaraní. Cada dos años en Abril hay un festival de música chiquitana; fui hace ya más de una década y me resultó fascinante; lo recomiendo: desde Santa Cruz de la Sierra se va pasando de misión a misión jesuita, con hoteles que mantienen el estilo, y en las iglesias se dan los conciertos, a veces con locales o argentinos y a veces internacionales europeos. Garantizo que van a escuchar mucha música interesante y se van a sorprender que esto haya ocurrido en misiones jesuíticas bolivianas, donde el clima seco ayudó (hay lindos paisajes). En la época jesuítica los guaraníes construían los instrumentos supervisados por los misioneros, y éstos eran suizos o alemanes; cuando yo fui el festival estaba organizado por un Padre polaco que editó varios libros de partituras que se usaban en Chiquitania. Fueron varios los musicólogos argentinos que estudiaron el archivo de la zona, incluso amigos míos. Por otra parte, la Misa de Zipoli fue estrenada por el Coro de la UCA (del cual yo era integrante) dirigida por Juan Emilio Martini.  Mario Videla intervino en tres discos dedicados a Zipoli. Y el Ensamble Elyma de Garrido también grabó varios CD de su música. Además el Coro fundado por Ramiro Albino y que depende del Museo Fernández Blanco tiene un amplio repertorio chiquitano y actuó en el festival. Y en la Manzana de las Luces hay una institución que con frecuencia interpreta esas obras. Otros grupos argentinos también las han incluido; de modo que se ve que tanto Chiquitania como Zipoli ya son muy bien conocidos en nuestro país (naturalmente los musicólogos cordobeses también aportaron mucho). El motete que escuchamos, “In hoc mundo” (“En este mundo”), tras breve introducción instrumental tiene un Recitativo Grave, un Aria Allegro, otro Recitativo Grave y un Aria final Presto; el fiel pide a San Juan ayuda para escapar de un mundo en ruinas y que le muestre el camino del Cielo para ver al Rey de Reyes; entonces lo alabará con dulces sonidos , resonantes platilllos, suaves trompetas y liras sonoras, y también alabará a San Juan. Bella música barroca, estuvo muy bien cantada y tocada, con algo de percusión aunque sin trompeta ni lira. Puede haber sido estreno local. 

Siguieron piezas para clave, muy bien tocadas por López Escribano, que esencialmente había sido continuista salvo el “Tarambote” y los minués (en el continuo los intérpretes lo escuchaban bien pero no el público, porque su clave tiene poco volumen). Con la primera volvimos a Asia, con “The Ghut”, de “The Oriental Miscellany…Airs of Hindoostan”, Calcuta, 1789, de William Hamilton Bird (fl. 1780-1800). Son aires indostaníes recopilados y transcritos “a partir de sesiones mantenidas con músicos nativos de la India”. “Coincidió con la creación de la Sociedad de Estudios Asiáticos que promovió el estudio del sánscrito como lengua clásica en un pie de igualdad con el griego y el latín”. No sé cómo se traduce “The Ghut” pero me resultó atrayente. Y siguió algo que nos concierne de modo directo: de Anónimo (1799), “La Amable” y “Minuet de la Amable”, Ms. Legajo de Esclavos, Archivo General de la Nación, Buenos Aires. Y bien, en ese momento había esclavos negros y numerosos, y algunos eran músicos talentosos (el Coro de nuestra Catedral tenía más negros que blancos). “Las piezas fueron rescatadas por la musicóloga argentina Susana Sarfson” y están ligadas a un litigio planteado por una esclava liberta que reclamaba su libertad porque un francés la había secuestrado en Montevideo; la música nada refleja de esto, es grata música clasicista del estilo que nos llegaba de una España que había producido al Padre Soler y tenía la herencia de Domenico Scarlatti.

Otra gran curiosidad: Sonata Nº 1 en la menor de Teodorico Pedrini (1671-1746), de “Doce sonatas con el bajo de Nepridi”, op. 3; ¿y dónde se la encontró? En el Ms. Biblioteca Nacional de Pekín (Beijing)… En este caso no aparece comentario de Bonet en el programa. Pero la madre del borrego está en un artículo de H. C. Colles en el diccionario Grove: “Sacerdote lazarista (Orden hospitalaria de San Lázaro, de asistencia a los leprosos); fue músico de corte del Emperador de China Kang Si. Allí escribió Sonatas para violín y continuo; Nepridi es un anagrama de Pedrini. Enseñó música a los hijos del Emperador y construyó instrumentos, claves y órganos”. Varias de estas sonatas están grabadas en Auvidis. No parece haber datos de con quién estudió en Italia, pero su música es agradable Barroco bien escrito. Es una “sonata da chiesa”, habitualmente integrada por Largo, Allegro, Largo, Allegro, pero me sorprendió que en este caso se le agrega un Adagio, Allegro; le da carácter estar en tonalidad menor. Aunque en este caso La Folía se ha tomado una libertad excesiva, ya que no tienen violín; fue pasada a la viola da gamba, instrumento muy expresivo y tocado con gran dominio por Álvarez Dotres. Me asombra la aproximación a la música de Occidente en una China considerada tan cerrada.

Las obras finales nos llevaron a la influencia de la población negra en América Latina, incluso si el autor era blanco, en el Barroco y el Clasicismo. Primero, “Negro a dúo de Navidad ´Tarara qui yo soy Antón´” de Antonio de Salazar, h. 1650-1750, pero según mi catálogo de CDs 1650-1715; figura una obra sacra suya. (La “Tarara” está en la Co. Sánchez Garza, Inst. Nac. Bellas Artes, México D. F.).    Salazar vivió en Nueva España y “fue maestro de capilla de las catedrales de Puebla y Ciudad de México”. “Los ´negros´ o ´guineos´ eran villancicos que empleaban modismos lingüísticos de la raza afro-americana que fue un componente étnico y social relevante en el nuevo continente”. El estribillo “Tarara qui yo soy Anton, ninglito li nacimiento” precede a la primera Copla, “Yo soy Anton Molinela”, con términos que no logré entender (“blalola”, “Puleso”, “pultilica y camalon”). Repite la música del estribillo pero con otra letra y luego termina. La música es muy rítmica y pegadiza y se agregaron percusiones a las flautas, la viola da gamba y el clave, y Alcedo lo hizo con ritmo aunque no me sugirió canto negro. “Nuestra selección musical se completa con dos de los números cuya partitura se incluye en la recopilación sobre los usos y costumbres de la diócesis de Trujillo que mandó hacer y enviar a Madrid el obispo Baltasar Martínez Compañón (1735-97) antes de marchar a Bogotá en 1789”. En lengua mochica, “Bayle del Chimo” y “Tonada del chimo ´Jaya llûnch Jaya llôch´” (se desconoce significado) y la Tonada “El Congo” (“Trujillo del Perú”, Trujillo 1779-89, Ms. Biblioteca del Palacio Real, Madrid). La tonada del Chimo se refiere a Jesús, y la de “El Congo” “refleja el drama del traslado forzoso de esclavos a América”. Las tres piezas me resultaron muy ilustrativas y en las tres hay una fuerza visceral bien afroamericana, con toques distintos: la segunda es “para bailar cantando” y fue acompañada por un tamborcito; la tercera, fuerte y rápida, tuvo un ritmo poderoso con mucha percusión y considerable aspereza, aunque con momentos cantables de viola da gamba y guitarra y con varias voces para marcar el doloroso texto: “Quel palo de la geringa derecho va a su lugar”.  Hubo una gran ovación.

La pieza extra fue muy simpática: “Oigan una jacarilla” de Rafael Castellanos (Antigua Guatemala, ciudad que visité y me impresionó mucho ya que se mantiene o se ha reconstruido  espléndida arquitectura pese a los terremotos). Jacarilla es diminutivo de jácara, tonada para cantar y bailar. Y así, en alegría, terminó un recital que aportó muchísimo y gocé como pocas cosas este año.    

 


 

PH: Enrico Fantoni

 

ORQUESTA DE CÁMARA KREMERATA BALTICA. MARIO BRUNELLO.

 

    Como expresé al principio de este artículo, el cambio de programa y por otro lado la revelación de la música de Sollima dieron considerable interés a este concierto, más allá de la evidente calidad de orquesta y director/violoncelista. En cuanto se apagaron las luces Mario Brunello anunció cambios; como resultado de la muerte de Kancheli se ofreció una obra suya y se eliminó el Concierto Nº 6 para violoncelo y cuerdas de Jean-Louis Dupont. Y se corrigió un descuido de la página de programa: las obras de Sollima fueron dos, no una.  

    La Kremerata Baltica es una admirable orquesta de cuerdas cuyos artistas provienen de los tres países bálticos: Lituania, Letonia y Estonia. El violinista Gidon Kremer la fundó hace algo más de 20 años cuando tenía 50 años y luego la Kremerata nos visitó dando un concierto admirable y con novedades, tal como ocurrió cuando Kremer dio recitales de violín y piano, siempre con sorpresas. Kremer anunció la Kremerata en su famoso Festival de Lockenhaus en Austria. Y la describió: una democracia musical “de mente abierta, autocrítica; una sensación de creación musical espontánea que hace que un concierto sea dramático y sensual”. La orquesta actuó en más de 50 países, apareció en más de 600 ciudades y ofreció más de 1.000 conciertos. “Se ha asegurado el apoyo duradero de los 3 países de origen”. Grabaron unos 20 CDs; destacables “los álbumes del conjunto de obras de Georges Enescu y de Mieczyslav Weinberg”. “Desde 2003 Kremerata Baltica celebra su propio festival en Letonia”. Muy grandes solistas y directores trabajaron con la Kremerata; baste mencionar a Argerich, Batiashvili, Yo-Yo Ma y Nagano.

    Mario Brunello, a quien admito no haber conocido, “es un músico cautivante que interpreta con una libertad expresiva difícilmente encontrada en la actualidad”; nació en Castelfranco Veneto en 1960; ciudad donde nació Giorgione, está a unos km. de Treviso, capital de la provincia homónima. Es fundador y director artístico de los festivales de Sella e I suoni delle Dolomiti. Había estudiado con Adriano Vendramelli en el Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia y con Antonio Janigro antes de ganar en 1986 el Concurso Internacional Tchaikovsky en Moscú. Desde entonces ha colaborado con grandes directores (Muti, Chailly, Ozawa) y orquestas (Sinfónica de Londres, Filarmónica de Munich, Filadelfia), entre muchos otros. “Su ininterrumpida colaboración con Kremerata Baltica continúa con el Festival de Kronberg junto con Kremer” y con esta gira sudamericana. Toca un violoncelo Maggini del año 1600 y a veces un violoncelo piccolo que comparte la afinación del violín y con él grabó las Partitas y Sonatas para violín de Bach. Entre sus muchas grabaciones se destaca (además de lo habitual) música de Sollima y “The protecting veil” de Tavener con la Kremerata Baltica; y en DVD el Segundo concierto de Shostakovich dirigido por Gergiev en la Salle Pleyel.

    Giovanni Sollima nació en 1962 en Palermo (Sicilia); es compositor y violoncelista. Estudió en el Conservatorio de su ciudad natal y luego con Janigro en Stuttgart y Milko Kelemen en el Mozarteum de Salzburgo. Es un compositor ecléctico y muy productivo; su música combina elementos de tradiciones étnicas mediterráneas, del minimalismo, de las melodías modales, del jazz y del rock. Wikipedia, en una compilación actualizada de Octubre 2019, lista 60 obras de cámara, 28 sinfónicas, 5 óperas, 2 ballets, 5 músicas incidentales para teatro y 2 músicas para instalaciones. Su discografía lista una docena de grabaciones, pero una de ellas en Sony reúne a varias (“Works by Sollima”). Una de las obras, “Violoncelles, vibrez!”, la escuchamos en este concierto, y forma parte de “Tracing Astor: Gidon Kremer plays Astor Piazzolla” (Nonesuch). Me extraña que la amplia compilación no mencione la otra obra que escuchamos: “Note sconte” (“Notas escondidas”), primera versión para orquesta de cuerdas, con la que se inició el concierto y dura 12 minutos. Y bien, a los pocos minutos la partitura me conquistó: aparte de un evidente dominio técnico, el autor encontró un lenguaje propio atrayente, donde la mezcla de fuertes rasgos armónicos y melódicos más virtuosísticos se mantuvo hasta el final, y señal segura para mí de si una obra es buena, me dio ganas de volver a escucharla. Huelga decir que estuvo magníficamente tocada y dirigida, ya que Brunello es muy capaz en ambos sentidos y promueve a Sollima con entusiasmo.

    El Cuarteto para cuerdas Nº 16, op. 135, de Beethoven, en su versión para orquesta de cuerdas, iba a estar al final del programa pero pasó a ser la segunda obra de la Primera Parte. Ocurre que antes de escuchar no sólo este cuarteto beethoveniano sino cualquier otro suyo un disco de pasta de Toscanini con la NBC me hizo conocer cuando tenía 10 años el segundo movimiento, Vivace, un estupendo Scherzo tomado a velocidad Toscanini en un disco que tenía otro ejercicio de virtuosismo, el Moto perpetuo de Paganini, y me entusiasmó tanto que debo haberlo escuchado unas veinte veces. Mucho después en tardía adolescencia aprendí a escuchar y conocer los 16 por el Cuarteto Budapest y el Cuarteto Húngaro y desde entonces son discos predilectos a los cuales siempre vuelvo, ya que es el corpus más genial del género. La versión para orquesta de cuerdas es eminentemente fiel, sólo agrega los contrabajos que casi siempre meramente duplican a los violoncelos salvo ciertas frases graves donde son protagonistas (y queda bien). No voy a hacer una minuciosa apología del 16, coronación asombrosa de los últimos cuartetos (12 a 16); baste decir que el allegretto inicial tiene nada menos que 7 temas en su fluyente transcurso meditativo e innovador en lo formal; que el Scherzo se basa en síncopas y el Trío es todavía más difícil; que el movimiento lento es breve, conmovedor y profundo; pero es el cuarto el que tiene una característica especial. Tiene un título: ”La difícil resolución”; La introducción en fa menor hace escuchar un motivo marcado con las palabras “Muss es sein?” (“¿Debe ser?”). El Allegro se inicia con otro motivo: “Es muss sein!” (“¡Debe ser!”), una afirmación poderosa aunque de fondo trágico; sin embargo el segundo tema es sereno; enunciado por el violoncelo, tiene una paradisíaca simplicidad.  Por dos veces la intención de deber ser es interrumpida por el tema lento inicial, pero el final, tras un “pizzicato” del tema sereno, termina con acordes triunfales. La lucha interna se decide por la afirmación. La versión de la Kremerata, dirigida con solvencia, fue sin duda de calidad, muy afinada y coherente, aunque el Scherzo me gusta más rápido (manes de Toscanini…).

    En la Segunda Parte escuchamos a Brunello violoncelista en una bella obra, el Concierto en Do mayor, Hob VIIb:1, de F. J. Haydn, que se había perdido pero se recuperó  en los años Veinte cuando apareció en el Museo Nacional de Praga; sin embargo en Buenos Aires generalmente se escuchó el Segundo, en Re mayor, Hob VIIb/2, de 1783, sencillamente porque la gente se había acostumbrado a ese concierto, pero ambos son muy atrayentes cada uno en su época. En 1761-5 Haydn contaba con un gran virtuoso, Joseph Franz Weigl, de modo que tras la presentación del material temático por la orquesta el violoncelista tiene música de considerable dificultad y belleza tanto en los movimientos rápidos como en el Adagio del medio, siempre en puro estilo clásico; hubo toques algo fuera de estilo en las cadenzas, que no son del compositor, pero fuera de ello todo estuvo muy bien, y Brunello demostró ser en efecto un artista intenso pero límpido, como era Rostropovich.  Y la Kremerata respondió admirablemente. 

     Y bien, llegó el homenaje a Giya Kancheli aunque con un deplorable error: la hojita intercalada no nombra la obra que se tocó; quizá la dijo Brunello pero no lo entendí. Pero investigué en You Tube y la encontré tocada por Kremer y su orquesta: su extraño título es “V&V” y responde a este comentario que encontré de un periodista español: “estilo poderosamente tonal caracterizado por extensos arcos melódicos de angustiado lirismo que suelen culminar en lacerantes estallidos de gran volumen sonoro”. En cuanto al reciente fallecimiento del compositor (1935-2019) expresa Kremer: “Su música profundamente sincera nos recordará siempre que, a pesar de las tragedias, debemos preservar nuestra naturaleza humana, nuestros sentimientos, nuestra honestidad”. Kancheli, georgiano, compuso 7 sinfonías; la Cuarta fue premiada y su estreno en Estados Unidos por la Filadelfia dirigida por Temirkánov en 1978 fue el principio de su fama (¿podremos conocerla aquí?). Después de la caída del Muro pasó en 1991 a Berlín y en 1995 a Amberes. Escribió mucha música de cámara, una ópera y la música para 50 películas (esto último en su etapa soviética). La versión de “V&V” por Brunello y la Kremerata puedo ahora compararla con la de Kremer, y la diferencia está en que se trata de una versión de violoncelo y sin embargo sonó parecida e igual en los tempi y fraseos; es una pieza muy expresiva, y en una y otra aparentemente hay una grabación de Ondas Martenot o similar ya que al principio y al final se escucha una triste melodía con ese timbre vibrante. El segundo contrabajo salió de escena y volvió al final; seguramente fue él quien tocó. Brunello estuvo admirable y la Kremerata conoce a fondo la obra, que probablemente fue un estreno aquí. Música lenta y poderosa, me recordó al aspecto más intenso de Pärt.

    El concierto programado concluyó con más Sollima: una virtuosística pieza que tiene dos versiones: una para 6 violoncelos y otra para dos (y orquesta de cuerdas): “Violoncelles, vibrez!”, y por cierto que vibraron manejados por Brunello y según Echevarría, Ivan Karizna, guía de violoncelos en la orquesta; pero en doble errata, ni siquiera la obra aparece en la página de programa original (y Echevarría compaginó su comentario sobre la base del programa que le habían informado, previo al cambio); en la hoja complementaria correctamente están la obra y los dos violoncelistas. Fue un buen final porque la música es imaginativa y brillante y los artistas tocaron con habilidad consumada; si el sonido de Brunello fue un poco más sonoro, es lógico en quien es habitualmente un solista, mientras que quien generalmente toca como guía de la orquesta tiende a tener un sonido limpio y afinado pero no predominante; la orquesta los apoyó; vale mencionar que tiene un excelente concertino, Dzeraldas Bidva.

    Hubo dos piezas extra y probablemente también fueron novedades. Si bien Brunello llamó a la obra “Serenata”, realmente es el Concierto para cuerdas de Nino Rota, y de él escuchamos un chispeante “Allegrissimo”, manera muy del compositor de decir Presto; fue toda una muestra de calidad por parte de una orquesta donde todos tocan muy bien y son versátiles; y por supuesto Brunello entiende a la perfección la estética tonal de Rota.

    La segunda pieza fue sorpresiva: la canción armenia “Havun Havun” (“Por la patria), antiquísima; la escribió San Gregorio de Narek en el s. X (San Gregorio Narekatzi, principal figura literaria armenia de ese siglo, autor de poemas místicos e himnos; supongo que letra y música monódica). Presumiblemente era cantada; la tocó Brunello con recogimiento y en pianissimo y su acompañamiento sólo fue una larga nota ejecutada, creo, por la que figura en segundo término en la nómina de primeros violines, Stella Zake. No sé si algún grupo armenio la estrenó aquí; para mí fue nuevo y me pareció muy auténtico. En suma, un concierto inteligente y renovado con artistas de primera línea.

 



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