Y el Tango no murió. Tango de Cámara de Daniel Tarrab se presentará este 24 de agosto en el CCK



“Otra mirada”, el disco de Tango de Cámara de Daniel Tarrab se presentará este 24 de agosto en el CCK. Aquí el destacado músico, compositor y director nos adelanta este concierto en medio de un paseo por el mundo del cine y la omnipresencia del sempiterno 2x4.

Por Natalia Cardillo.

 

Precioso disco.

Eso es lo único que cuenta. Lo que más cuenta. Todo lo demás es “veremos”.

 

Realmente es otra visión de lo que es el Tango. Sabemos de muchos músicos que están fuera del país, y tanto allí como acá nos encontramos mucho con esto de que es difícil generar algo nuevo con el Tango.

En general es difícil generar algo nuevo en cualquier ámbito, cualquier género. Porque se hicieron muchas cosas, muy geniales. Yo tenía seis o siete años cuando escuché a The Beatles y me explotó la cabeza. Fue al cine a ver Help!, salí con fiebre y no me curé nunca más. Fue demoledor. Mi papá en el Falcon 68´ escuchaba tangos y yo no me bancaba el Tango. Después estudié Jazz, música Clásica. Realmente mucho. Luego hice la música de dieciséis películas; y ahí tenés que navegar por diferentes aguas y allí me encontré con cierta familiaridad en diferentes lenguajes y con el poder ser yo en esos diferentes lenguajes. Pero a la hora de inventar algo, de decir “esta es mi voz”… Con el Rock, por ejemplo, Charly hay uno, Spinetta hay uno y yo me alimento de eso. Escucho a ambos, escucho a Chick Corea, a Debussy, a Brahms. Y un día dije “yo quién soy” al margen de ellos. Con el Tango comencé a tirar de un hilo y vi que había mucho más de lo que yo sabía. 

 

¿Y cuál era ese hilo? ¿Qué encontraste?

Escuché Corea y Burton y dije “esto tiene un giro tanguero”. Ambos son muy “americanos” y sin embargo allí se filtra algo. Lo escucho a Joao Gilberto y en su modalidad, más allá de que sea absolutamente brasilero, hay algo de lo expresivo que tiene también giros. Vi que nada de eso me era ajeno. No habiendo escuchado mucho Tango, comenzaron a aparecer cosas que las reconocía como propias. Los géneros confluyen. El Jazz y el Tango son primos hermanos. Nacieron en los burdeles. Y es música de un gran refinamiento armónico, melódico, lírico. 

 

 

En tu disco se aprecia claramente eso, con la orquesta como fondo principal y esos arreglos clásicos en el Tango. Evidentemente hay una zona en la que conviven.

Sí. Hay un punto de encuentro que yo no tenía claro. Uno se va dando cuenta después de qué es lo que fue pasando. En principio lo que me propuse es no tener una cosa pretenciosa desde el punto de vista “avant garde”. Me alejé mucho de Piazzolla, porque es tan intensa su impronta; dicho esto con absoluta reverencia detrás. Ciertos giros del Tango son propios de él y eso ya la hizo Ástor y lo hizo mejor que nadie. Y hay algunas cosas que son riquísimas, pero no quise ni una cuestión, como decía antes, de vanguardia ni de “miren que original soy”. Puse el énfasis en buenas melodías, buenas armonías y ser respetuoso con el género. 

 

Y el corazón.

Y tiene cuore, sí. Tiene mucho cuore

 

¿Cómo navegás en el día a día entre géneros tan distantes como mencionabas antes?

No lo tengo muy claro. Lo que sí sé es que allí ves – señala - esa es una guitarra Gibson Les Paul, como la de Jimmy Page, Led Zepellin, del año 76´. Yo me cuelgo la guitarra eléctrica y soy absolutamente rockero.  Cuando tengo que dirigir orquestas soy la delicadeza para acompañar esa sonoridad totalmente diferente. Una cosa es hacer que suene bien, elegante y prolijo, y otra es cuando uno tiene que ponerse a inventar. Creo que también tiene que ver con el oficio; con muchos años de estar como compositor a disposición del deseo de otro. Gente grossa como Luis Puenzo, Lucía Puenzo. Yo debía saber leer entre líneas lo que ellos querían y ponerle mi ADN. Sigo siendo yo y en cada género sigo encontrando el punto de encuentro con mi propia voz. Con el Tango, que tiene su propia impronta fui muy respetuoso. Esto es Tango, esto no lo es, y en cada lugar donde suena un poco más cinematográfico o jazzero me lo permito porque ese soy yo también.  

 

El mismo eclecticismo que siempre absorbiste, también te permite ese juego.

Absolutamente. A mí me volaba la cabeza escuchar Sargent Pepper y los Brandenburgueses de Bach. Y cuando me puse a tocar el piano a los trece, catorce años, era Debussy, Ravel, Chick Corea y la oreja en el Winco sacando de oído todo. 

 

¿De acá qué escuchabas?

De acá escuchaba el primer disco de Almendra, que me lo aprendí todo en la guitarra. Y en general en esa época de mi escuela primaria, escuchaba Beatles esencialmente, Almendra, Manal. O sea, lo que había que escuchar (risas). 

 

¿Cómo llegás al cine?

Yo me fui a vivir a Estados Unidos a fines del 79´. Estaba estudiando en la UCA (Universidad Católica Argentina), estaba escuchando ya músicas que en la UCA no me iban a  enseñar por una cuestión académica y una visión más conservadora, algo “cuadrada”. Ya antes de ese momento en el Conservatorio de París, el jazz existe, la música popular existe. Igualmente para mí fue muy valiosa la cuestión fundacional de la UCA que me enseñó a escuchar y entender lo que oía, a ponerle nombre a las cosas. En aquel momento me fui a estudiar a Norteamérica ya tocando el bajo eléctrico, no aún el contrabajo. Y toqué Salsa con portorriqueños…

 

El eclecticismo otra vez.

Exacto. Y uno puede verlo como algo “camaleónico” o como “yo soy también esto”. Puedo tocar funk, folcklore. Si entiendo el código puedo tocarlo.

 

Como el cantante. Siempre digo que el cantante debería poder cantar todo. 

Absolutamente. Así es. ¿Por qué debería encasillarse uno? Hay que poder disfrutar y prenderse fuego haciendo lo que fuere. Yo tengo veinte años menos cuando toco la guitarra eléctrica. Bueno, volviendo a tu pregunta de cómo llegué al cine. Llegué a Estados Unidos, me puse a tocar Jazz. Fui allí saliendo de una Argentina detonada y fui a tocar lo que fuera. Descubrí entonces que estaba el Major in Films Scoring.

 

En Berkeley. 

En Berkeley, exacto. Me pareció sumamente interesante; me metí por ahí.

 

Y ¿qué te llamó la atención del cine?

Y… yo escuchaba. Por ejemplo, veía Hitchcock  y había momentos que me distraía. Nino Rota me rompía la cabeza. Todo de músicos clásicos que tienen una impronta popular. Otra cosa que me volvía loco era la música de los dibujitos animados. Los dibujitos de la Warner Brothers de la década del 40´, 50´. Y era una aleación entre cosas orquestalmente sofisticadísimas pero con una marca de música popular enorme. Esa capacidad de pasar de una situación muy dramática como una corrida a un Foxtrot. Eso a mí me resultaba fascinante. Hay diferentes formas de decir a través de la imagen y eso es muy atractivo aunque te condiciona por un lado pero da un grado de libertad imposible. Y la capacidad que tiene la música de por ejemplo, ante una imagen encantadora, bucólica, uno ponerle unas cuerdas muy tensas a la situación que se está viendo y ahí notás que la mamá va a envenenar a los chicos. La música cambia el sentido de las cosas. 

 

Y con tu música de aquellos films dirigiste la Orquesta de Juan de Dios Filiberto. ¿Cómo fue esa experiencia?

Eso fue maravilloso. Yo había dirigido pero, y el copyright de esta frase es de Lalo Schifrin, yo dirijo en defensa propia (risas). Escribo esto, cómo no darme el gusto de dirigirlo. Me puse en contacto con, en ese momento, Carlos Vieu y le dije que quería hacer algo con la música de una película de Puenzo que fue “La puta y la ballena”. Para la grabación de la música de la película se armó una orquesta de 40 cuerdas, una enormidad, y yo; con el espejo, el atril y Carlos enseñándome a dirigir mi propia música. Y seguimos. Con otra de un director americano que trabaja con Spielberg todo el tiempo. También “La señal” de Eduardo Mignona, la cual no pudo terminar; falleció en la mitad y la continuó Ricardo Darín. Yo me entrenaba para esas circunstancias en el estudio. Ahí aparece Castiñeira de Dios, que ya nos conocíamos hace muchos años y me dice que va a hacer un homenaje a las músicas de películas y me ofrece dirigir. Yo nunca había dirigido en vivo. Y le digo “mas bien”, no me la iba a perder. Hicimos una selección de tres o cuatro temas, me tiré al mar y fui feliz. Dirigir es levitar, es un delirio. 

 

¿Hiciste más conciertos en vivo, dirigiendo?

No. Dirigiendo no. Sí, después Vieu me dice que teniendo el recorrido profesional que tenía, termianra en la UCA la carrera de dirección. Y terminé la carrera de dirección; el año pasado. Lo hice dirigiendo Schumann, Beethoven, Bartók, y eso te “baja del caballo”. Además de los pares, está Beethoven ahí mirándote. Es una ejercicio fundamental para el ego, porque si te creíste que eras alguien, olvidate. 

 

¿Recursos a la hora de componer? 

Te soy sincero, no tengo la menor idea. Aprendí a incluir el error y el azar. A veces suena algo que es raro, pero me gusta y sigo. Va saliendo. Fluye. A veces es una porquería y se tira (risas).

 

Habrá que ver qué es una porquería… quizá para vos (risas). Habría que guardar todo por las dudas.

Sí, sí. El tema del error y el azar para mí es importantísimo. Frente a una orquesta por supuesto se va mas allá, hay una cuestión arquitectónica. Y otra cosa que me parece importante es que me importa nada el virtuosismo. No me interesa hacer alarde de virtuosismo alguno. El virtuosismo es acrobacia, ok, pero muchas veces no me mueve un pelo. Y además no me considero ni el mejor instrumentista, ni el mejor contrabajista, ni el mejor director de orquesta ni el mejor pianista. Con tocar el corazón de alguien me alcanza. Como la otra vez, que me escribe en las redes una señora que no conozco y me dice “lo que has hecho es hermoso; cada vez que vienen amigos a casa pongo tu disco y lo recomiendo”. Ahí está. Ese es el piropo más lindo. Ese es el milagro. Y hay momentos que uno pierde el control de lo que hizo. Luis Alberto Spinetta una vez dijo cuando le preguntaban de dónde sacaba las ideas respondió “ni idea, de una bolsa”, una respuesta muy al estilo Luis (risas).

 

Cada hecho creativo es único. Hablábamos del cine. ¿Qué otras ramas del arte te han llevado a la música?   

Yo tengo un lazo muy fuerte con la Filosofía. Me gusta mucho la Filosofía y la mirada particular que tiene sobre la música.  Nietzsche, Schopenhauer. Tengo una empatía particular con esa mirada. De las artes plásticas me rompen la cabeza los Impresionistas, soy más de la Old School

 

Si tuvieras que comparar las artes plásticas con tu música, ¿encontrás algo que ligue a ello?

Hay momentos en que sí. Yo no podría ser quien soy sin Debussy, sin Ravel. Hay deudas de gratitud. Me pasa lo mismo con George Martin. Las primeras cuerdas que escuché fueron sus cuerdas. Y tuve el privilegio de conocerlo. En una premiación en Bélgica donde estábamos nominados con Andrés Goldstein. A Martin lo premiaban por trayectoria. Recuerdo que le había escrito un mail mencionándole que aunque no tenía la menor idea de quién era yo, él para mí había sido un gran maestro, inspirador. Me respondió a eso y esa noche lo recordamos. Un humilde total como todos los grandes.

 

¿Por cuáles otros lugares te llevó la música?

No anduve mucho. Soy más de quedarme acá. Como viví muchos años en Estados Unidos, a veces me iba para allá nuevamente unos quinces o veinte días; hasta que fui a París y Londres y dije “¿qué estuve haciendo en Estados Unidos?” (risas). 

 

¿En qué otro género incursionarías?

No tengo idea. Esto de haberme metido con el Tango… De chico comencé el estudio en el piano con Violeta de Gainza, una genia total que acaba de cumplir noventa años y sigue dando clases. Yo estaba encendido con Ravel, el ornamento, el delicatessen francés y me dice “vamos un poco con Beethoven” (absolutamente alemán) y me tiraba un poco de sisa. Y Violeta me dice “quedate tranquilo: Beethoven y el Tango llegan después de los cuarenta”. Y pasó. Lo que me pasó con el Tango es que me permitió abordar melodías bellas sin, insisto, esa cosa pretenciosa.  Puede tener una solemnidad y un dramatismo tremendos este género… Pero permite eso; ir desde la profundidad a otros lugares. El género tiene esa plasticidad. Hay un interludio que no sabes adonde va, y está todo bien con que no sepas adonde ir durante un rato. 

 

Para los que dicen que el Tango murió.

Eso es como decir que Borges murió. Es imposible. Murieron quienes crearon tangos maravillosos pero puede ser más moderno, menos moderno o atravesado por otras influencias, pero la música está viva. 

 

¿Qué desafíos se te presentaron al hacer Tango con Música de Cámara?

Le encontré una vuelta a la sonoridad del cuarteto de tango que tiene mucha delicadeza pero también mugre y garra, con la cuerda que tiene una sonoridad maravillosa. Hay un punto de encuentro en esas texturas, en esa paleta de colores, en lo aguerrido del tango y la pasión del bandoneón que respira. Cuando el maestro Néstor Marconi abre el fuelle (inspira), eso es muy fuerte. Como cuando estás dirigiendo a los músicos, ellos esperan a que respires para arrancar. 

 

¿El salto que se produce del film al tango fue natural?

Ahí volvemos a Puenzo. En 2003, 2004, Andrés Goldstein y yo trabajamos con Spielberg por el documental del holocausto. Dijimos pongamos un bandonéon y le rompemos la cabeza a Spielberg. Ahí fue el enganche con Néstor y con Luis. Luego Luis filma “La puta y la ballena” y había que componer tangos en la línea de la década del treinta; De Caro por ejemplo. Y no agarraba un tono… Tuve que estudiar un montón sobre la Vieja Guardia. Realmente no los tenía. Hay que aprender a toda velocidad a leer entre líneas, ver “cómo lo hacen”. Puenzo, que es gran director de grupos, quería un tango y yo le muestro “La lamparita”. Y me dice “me encanta, pero quiero un tango legendario”. Y yo dije ¿qué será eso? Para que algo sea legendario tendrá que transcurrir tiempo, no se pare una leyenda. Me puse al otro día toda la noche. Y salió una hermosa versión de “La lamparita”, que es la que quedó. 

 

Hablábamos de Néstor Marconi. ¿Cómo fue la experiencia general de trabajar con él?

Néstor es un músico genial, realmente extraordinario. De una expresividad y eficiencia descabellada. Sereno. Y dice tanto en medio de eso. Le escribía al principio todos los detalles de los arreglos. Hasta que lo conocí y sólo escribía ya el corazón del arreglo pero el vuelo lo daba él. Para el concierto del CCK me estoy entrenando como un anormal, porque son todos tipos que tocan, tocan, tocan. Yo soy un compositor que toca.  Contamos cuatro y nos encontramos a la salida. 

 

Y también trabajás aquí con Pablo Agri en el violín.

Con Pablo hubo romance artístico, cuidado, con buenos gestos. Pablo estuvo en la grabación de cada tema, armamos el team con él. Los solos son mayoritariamente suyos. Cuando terminamos la grabación, Puenzo fue invitado a escuchar su “tango legendario” (risas) donde le agradecí por haberme exigido así; gracias a eso fui mucho más lejos. 

 

Esta idea de hacer el disco con parte de la Sinfónica Nacional ¿cómo surgió?

Son veinte músicos aproximadamente los elegidos. Ya habíamos trabajado. Con Alejandro Lerner hicimos un arreglo de un tema de él para Sony y fueron convocados estos músicos también. Un tema que Mercedes Sosa cantó, “Pensando en ti”. Y Alejandro también me pidió que fuera menos conservador y eso me dio vuelo. En mi disco estuve solo y no sé si me gusta tanto. Es buena la visión de afuera. 

 

¿Con el trío quieren hacer algo más allá del CCK?

Con Pablo convocamos a un pianista además y en cuarteto junto con la orquesta de la Camerata Argentina. Ese no es un formato fácil, muy viable en un sentido mas bien económico. Así que en breve volveremos sólo al cuarteto. Es otra sonoridad. Pero refinada, ajustada también.

 

Y del CCK, el próximo 24 de agosto, adelantanos algo por favor.

El lugar es maravilloso. Es en la sala mayor, en “la Ballena”. Toqué ahí antes el contrabajo en el homenaje a Spinetta; quien dirigía la orquesta es mi profesor de cello. Quería rock y me llamó a mí (risas). Tocar Laura Va con David Lebón cantando fue sublime… En fin. La música es un salvavidas y genera lazos. Así que volviendo al 24 de agosto: son músicos de altísima gama los que me acompañan. ¿Que más te puedo decir? Vengan que hacemos como siempre: contamos cuatro y nos encontramos a la salida. 

 

 

Daniel Tarrab:

Nacido en Buenos Aires, Argentina, Daniel Tarrab estudió Composición y Dirección Orquestal en la Universidad Católica Argentina (UCA) y Composición de Música Cinematográfica en el Berklee College of Music, de Boston, Massachusetts (EEUU). En la primera década del 2000, Daniel consolidó su carrera como compositor de música de películas. Conocido por sus trabajos para la serie Silencio Roto (Broken Silence, producida por Steven Spielberg en 2002) y el film La Puta y la Ballena (2004), entre otros. En 2007 Tarrab fue galardonado con el premio Discovery of the Year de los World Soundtrack Awards por XXY, película ganadora del premio de la Semana de la Crítica en Cannes ese mismo año. Ha sido reconocido en diversas ocasiones con premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina, así como el Gran Premio de música cinematográfica de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAIC). 

 

 SÁBADO 24 de Agosto 20:00 hs

CCK- Sala sinfónica

Sarmiento 151, C1041 CABA
entrada libre- previa www.cck.gob.ar/reservas desde el martes anterior a la función.

El remanente se retira 2hs antes del concierto.

 

 

 




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