Festival Barenboim: Anne-Sophie Mutter y la WEDO regalaron un cierre inolvidable



 

 

En un final emotivo y memorable, la violinista alemana brilló una vez más junto a la joven orquesta dirigida por Daniel Barenboim.

 

Por Iván Gordin

PH: Laura Szenkierman

 

Dos semanas de excelencia. Dos semanas de talento insondable. Dos semanas de emoción y magia. El Festival Barenboim se despidió del CCK con el sello de calidad que caracterizó a sus conciertos durante estos últimos quince días. Difícil igualar el nivel de las performances que alumbraron el ahora denominado “Auditorio Nacional”. Cada noche parecía superar a la anterior, no solo en lo técnico, el nivel de pasión y compromiso que demostraron los intérpretes resultó ser realmente conmovedor. Si hubo una constante durante estos días fue el amor por la música.

 

A pesar del horario vespertino, las estelas de Annie Sophie Mutter y se hicieron presentes en el escenario al sonar las primeras notas del Concierto para violín y orquesta de André Previn. El homenaje al recientemente fallecido compositor alemán no pudo haber sido mejor. La selección de su tercer movimiento no solo es una gran manera de introducirse en la obra de este autor, sino que subsume perfectamente sus búsquedas estéticas. En un delicada y equilibrada conversación, Mutter y WEDO ilustraron con precisión los paisajes tímbricos que Previn exige en su cinematográfica partitura. 

 

El segundo plato de la noche consistió en el Concierto para violín y orquesta en re menor, op. 47, de Jean Sibelius. Aquí Anne Sophie Mutter expandió los sonidos de su violín y le enseñó hasta al melómano más experimentado que su instrumento esconde sonidos que solo pocos pueden ejecutar. Concebido para un/a violinista con una destreza descomunal, la obra del finlandés es un juego de engaños, un juego de pausas y silencios milimétricos que casi parecen esconder sus bellos motivos melódicos. Cada pequeño movimiento estaba justificado, una precisión única. Mutter exhibió una versatilidad impresionante que se cimentó con un bis de La Sarabande de la Partita nº2 de Bach. La ansiedad de los aplausos que se pudieron escuchar entre movimientos por fin tuvieron su estallido en el final de este primer segmento.

 

La noche arribó finalmente a Buenos Aires y era hora de escuchar la 7ma Sinfonía de Beethoven -la mejor, desde la humilde opinión de un servidor-. Como de costumbre, el Maestro tomó el estrado sin partituras a la vista. Beethoven y Barenboim tienen una relación especial, el cuerpo del director de la WEDO cambia, sus gestos se vuelven más vehementes, lo tiene incorporado en su cuerpo. Contra toda lógica, pareciera que su vitalidad contagia a los jóvenes músicos de su orquesta y no al revés. El segundo movimiento de esta obra es capaz de hacer temblar al empresario más especulador, un éxtasis que solo puede transmitir Ludwig Van. Se nota que hay algo diferente en el ambiente, los intérpretes no lo pueden contener, sus cuerpos son desbordados y parecen ser poseídos por algún metalero en un concierto de Ozzy Osbourne. 

 

En un contexto donde se hace del gala el maniqueísmo político y la opresión corporal, encontrar donde la libertad no puede ser contenida es un triunfo. Y eso señores, es música.

 




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