Despedida de Zubin Mehta con la Filarmónica de Israel



Tres carreras musicales extraordinarias se han mezclado en estos días en la Ciudad de Buenos Aires: las del director y pianista Daniel Barenboim, del director Zubin Mehta y de la pianista Martha Argerich; argentino, indio, argentina, todos amigos. Hoy escribiré sobre Mehta y Argerich, protagonistas el primero de tres conciertos (hubo un cuarto al que no asistí) y la pianista del primero. Todos en el Colón.

 

Por Pablo Bardin.

 

La carrera de Mehta fue meteórica y enorme. Vale la pena consignar los datos esenciales en esta visita de despedida a los 83 años. Su padre Mehli Mehta fundó la Orquesta Sinfónica de Bombay (ahora Mumbai). A sólo 19 años, en 1954 ingresó al programa de Dirección Orquestal en la Akademie für Musik de Viena. De allí su entusiasmo por la Segunda Escuela de Viena y en particular por Schönberg. En una entrevista que le hizo Gianera, Mehta dio datos importantes; tanto él como Barenboim y Abbado fueron discípulos de Hans Swarowsky (que una vez vino a dirigir a Buenos Aires) que a su vez había sido discípulo de Schönberg. Ya desde 1956 fueron amigos con Barenboim. “Tengo que decirle que mi amor por Mahler y Bruckner proviene de la Segunda Escuela de Viena”. Luego ganó premios en Tanglewood y Liverpool. Y aquí va el dato sorprendente: en 1961 (26 años) había dirigido las Filarmónicas de Viena, Berlín e Israel, impresionante precocidad  para un director de orquesta, salvo el caso de Lorin Maazel. En la entrevista dice algo extraño: “Piense que estuve en Buenos Aires en 1962. Prácticamente inicié ahí mi carrera musical, porque apenas tenía un año como director cuando me presenté en la Facultad de Derecho” (¡pero ya había dirigido las filarmónicas de primera línea en el mundo!). En ese concierto estrenó las “Cinco piezas para orquesta” de Schönberg, y yo estuve allí, de manera que hace 57 años que pude apreciar su talento. “A Martha la conozco desde que tenía 11 años; en Viena asistió a nuestra clase de dirección. El año pasado ya tocó con nosotros el Concierto de Schumann con la Filarmónica de Israel. Ella es absolutamente única; la música brota de ella como una fuerza natural; todo lo que hace es absolutamente lógico”. Ya en 1961 fue Director musical de la Sinfónica de Montreal hasta 1967, y en paralelo de 1962 a 1967 en la Filarmónica de Los Angeles, de la que siguió siendo titular hasta 1978 (su interés en el siglo XX se vio reflejado en un magnífico vinilo dedicado a Edgar Varèse). . Ese año pasó a ser titular de la Filarmónica de New York hasta 1990, y con ella nos visitó más de una vez (¡el anterior titular había sido Boulez!). Ya en los años de Los Angeles fue designado Asesor Musical de la Filarmónica de Israel en 1969 y en los de New York se le otorgó el título de Director musical vitalicio de la Filarmónica de Israel en 1981; o sea que tiene 50 años de relación con ellos. Un título vitalicio es algo peligroso ya que pueden agriarse las relaciones más allá del talento; le pasó a Barenboim  con la Staatsoper Berlin, a Karajan con la Filarmónica de Berlín; pero no a Mehta (el afecto mutuo resultó muy evidente en esta gira final). No llevo archivo desde 1971 pero diría que vino unas 15 veces a nuestra ciudad donde habrá dado al menos 60 conciertos sumando New York e Israel y escuché la gran mayoría. Pero además tuve la suerte de asistir el 29 de febrero de 1964 (¡bisiesto!) a un concierto de Mehta con la Filarmónica de Viena con una soberbia interpretación de la Suite Nº 2 de “Dafnis y Cloe” de Ravel. Para dar una idea de la riqueza interpretativa de esas décadas, menciono que entre 1952 y 1969 presencié magníficas versiones de esa obra: Monteux con la Stadium Symphony en New York y con la del Colón, Ansermet con la Sinfónica Nacional, Van Otterloo, con Coro y Orquesta del Colón, Ormandy con la Filadelfia y Dutoit con la Sinfónica Nacional; 17 versiones en ese lapso. Por cierto que después hubo otras de gran nivel, como la de Barenboim con la Orquesta de París. 

    Pero aquí no conocimos en vivo al otro Mehta, el gran director de ópera, salvo algunas grabaciones como “Turandot” o “Il trovatore”, cuando en realidad él tuvo dos cargos de suma importancia: desde 1985 a 2017 fue Director Principal del Maggio Musicale Fiorentino, siendo el segundo director en esa época nada menos que Bruno Bartoletti (que tuvo la dirección de la Ópera de Chicago en paralelo durante décadas); ese Festival, que en efecto es en Mayo, se distingue por sus constantes innovaciones de repertorio y merecería un capítulo aparte (la Orquesta del Maggio por su lado da conciertos durante el año; vino aquí y yo la ví en el Palazzo Vecchio de Florencia). Pero además  de presentarse en las grandes salas del hemisferio Norte, fue entre 1998 y 2006 el Director Principal de la Ópera del Estado Bávaro en Munich, para mi gusto la más valiosa de Alemania, donde p.ej. dirigió varias veces “El Anillo del Nibelungo” (respetó en Israel la veda Wagner pero también fue wagneriano). Y por supuesto fue el director de los Tres tenores o de la famosa “Turandot” en la Ciudad Prohibida de Pekín (Beijing).

    Quiero insistir sobre algo que me parece esencial: la asombrosa empatía de un director indio de una etnia que procede de Irán con Israel, un país siempre conflictivo y a veces peligroso. Mehta siempre estuvo presente y apoyándolos en los momentos más arduos; no se metió en política pero se identificó con el pueblo; por eso, y no sólo por su talento, es tan querido. Y en el caso de Buenos Aires, no hay que olvidar que Argentina tiene la tercera comunidad judía del mundo después de Estados Unidos (lo mencioné hace poco al escribir sobre Barenboim) y que tanto la Embajada como las organizaciones judías lo admiran y valoran; por eso se añadió un concierto el lunes 29, al que se lo llamó de Solidaridad y donde la entrada al foyer estuvo controlada por jóvenes de esas organizaciones. El primer concierto formó parte del Abono Grandes Intérpretes Internacionales; el segundo y el cuarto fueron funciones extraordinarias del Colón (el tercero fue en lunes, día en que el Colón no da funciones y alquila la sala a terceros). Y algo más: en sus altos años Mehta ha hecho como Barenboim: “Junto a su hermano Zarin, codirige la Fundación Musical Mehli Mehta en Mumbai, y la Escuela de música Buchmann-Mehta en Tel Aviv”.

    Durante décadas nos acostumbramos a ver en el podio a ese hombre alto, vigoroso, dirigiendo con gran energía, pero hace tres años, cuando tenía ya 80, dirigió una admirable versión de la Tercera sinfonía de Mahler con  autoridad y conocimiento profundos pero con gestos medidos y sobrios; la edad se notaba. Y este año, tras algún accidente que ignoro, se presentó con bastón y dirigió sentado, con el mismo control y dominio de antes aunque muy sobriamente; el resultado artístico no sufrió. Y el entusiasmo del público no decayó, con toda justicia. 

    Conviene aclarar que desde 2011 un excelente músico, Gianandrea Noseda, ocupa el cargo de Director Invitado Principal de la Filarmónica israelí; se recordará que dirigió la mayor parte de las funciones del Teatro Mariinsky de las dos óperas de Mussorgsky (“Boris Godunov”, primera versión, y “Khowanshchina”) en 1998.

    Tanto el primer como  el segundo concierto se iniciaron con un breve Concertino para cuerdas (supongo que estreno) en un movimiento de seis minutos y medio de Ödön Partos, húngaro, fue miembro de la Filarmónica de Israel y director de la Academia de Música de Tel Aviv. Es un arreglo de su Cuarteto Nº1, de 1832, sugerido por Ferenc Fricsay. Comparto lo que opina Margarita Zelarayán: “se perciben las influencias de Bartok y del folklore húngaro, en un único movimiento potente, conciso y con esquemas rítmicos vivaces”. Me gustó cuando lo que escuché en fila 20 y más cuando estuve en fila 6, apreciando el ajuste y la energía de la orquesta.

 

 

    Argerich es como ya lo definió Mehta; tiene otra característica única: no conozco otra gran pianista que no toque recitales: cuando decidió dejar de darlos privó al público de experiencias soberbias y además de grabar obras para piano solo: menos mal que quedaron algunas  que dejan testimonio de un talento de valor histórico. Quizá siga tocándolas sola en su casa. A diferencia de Barenboim, ella tiene trac y le cuesta salir a tocar delante de un público, pero si se siente rodeada de amigos, toca (le pasó algo similar pero no igual a Horowitz y Gould). Me consta que de joven era una persona encantadora: le hice una entrevista y fue tapa de Tribuna Musical en 1965, y en 1969 compartí una comida con ella después de un concierto en Praga con su marido de entonces, Charles Dutoit, y con Antonio Pini, amigo que fue después Director artistico del Colón y del que fui asesor. Otra característica de Argerich es que sus entusiasmos por ciertas obras se mantienen a través de las décadas: es el caso de los Conciertos de Schumann y de Tchaikovsky (Nº1), y añadiría el de Ravel y el Tercero de Prokofiev.  Y bien, los dos que mencioné al principio de esta línea son nuevamente los que tocó en Buenos Aires este año: Schumann con Mehta y Tchaikovsky con Barenboim. ¿Y cómo quejarse si a su edad (78) toca Schumann como nadie? (tengo alguna reserva con su Tchaikovsky de este año). Ya en 1970 le escuché el Schumann aquí y luego varias veces más; recuerdo muy pocas versiones que me hayan impresionado como de gran nivel; mencionaría a Pollini con Ancerl y la Filarmónica Checa en 1969. Entre otras capacidades, Mehta siempre fue un notable acompañante y nuevamente su tarea y la de los israelíes resultó impecable, adaptándose con naturalidad a los fraseos de la pianista. Y ella, de pleno y natural virtuosismo en todos los momentos que lo requieren, siempre enérgica pero con una calidad tímbrica superlativa, también supo cuáles eran los pasajes en los que lo melódico primaba y la poesía  surgía con una emoción romántica espontánea y bellísima, con el grado justo de rubato. Y ello fue así tanto en el dramático primer movimiento como en el introspectivo movimiento lento y en el exigente moto perpetuo del Finale, de enorme energía aunque con algunos momentos más relajados. Como siempre, Argerich recibió las ovaciones con humildad y compartiéndolas con el director y la orquesta; es la persona menos arrogante del mundo. Y su despedida fue con su pieza favorita: de las “Escenas infantiles” de Schumann, “De tierras y gentes extranjeras”, breve y lenta, fácil y piano, un evidente retorno a la infancia de Argerich siempre ligada al instrumento que la hizo famosa.

    Hubo una transformación en décadas recientes: a Mehta le fue interesando cada vez más penetrar el estilo del clasicismo y del pre-romanticismo, y sin perder sus talentos en otros estilos aplicó su innata musicalidad a esas etapas, con resultados valiosos, como lo demostró su versión de la Sinfonía Nº6, “Pastoral”, de  Beethoven, que curiosamente, en su captación de ese otro mundo tan diferente de la Quinta sinfonía me recordó a la luminosa versión de Barenboim con la Orquesta de París. Puede ser considerada como la primera sinfonía programática, tan innovadora en otro sentido que la Tercera o la Novena. Y así en manos de Mehta la música fluyó con belleza y frescura, respeto absoluto a la música y a su carácter distinto; fue el Beethoven enamorado de la naturaleza en los primeros dos movimientos, el que reflejó la alegría campesina en el tercero y luego, en el único movimiento dramático, una perfecta evocación de una tormenta, donde el director durante cuatro minutos nos entregó el lado peligroso de ese campo que a la vez necesita el agua pero la teme, para terminar con esa canción pastoral de exquisita melodía del aldeano agradecido por el final de la tormenta. Y de paso observar otra innovación: los tres últimos movimientos se escuchan sin interrupción; y además son cinco movimientos, no los habituales cuatro. Varios solistas dieron una lección de buen gusto y segura técnica.

    Con frecuencia en anteriores visitas Mehta agregó la obertura de “Las Bodas de Fígaro” de Mozart, y esta vez también lo hizo, en una versión de rotunda fuerza rítmica y magnífica calidad de sonido, a un tempo bastante rápido. 

    Como expresé más arriba, el concierto del 28 de julio empezó con el Concertino de Partos, de modo que sigo a la siguiente obra: la Tercera sinfonía, en re mayor, D. 200, de Schubert. Este genio adolescente la escribió a los 18 años y ya tiene un estilo propio; salvo quizá la Primera, las sinfonías 2 a 6  tienen considerable interés, aunque la Cuarta y la Quinta sean las mejores. Conocí la Tercera siendo niño, en discos de pasta dirigidos por Marius-François Gaillard, y la escuché muchas veces; luego compré, ya adulto, el vinilo de Van Beinum con la Orquesta del Concertgebouw, curiosamente acoplado con la tremenda Octava de Bruckner, y me volví a encantar con la Tercera, tan grata y bien hecha. Una sinfonía donde lo único lento es el adagio introductorio, bastante breve, al Allegro con brio inicial. Schubert idolatraba a Beethoven pero no lo imitaba: sus melodías y armonías son muy propias. No hay movimiento lento; el segundo es un Allegretto divertido, con algo del humor de Haydn. El Menuetto está marcado Vivace, lo cual es raro, y se lo siente más como un Scherzo, con un tema principal de mucho impulso. Y el Presto final es una tarantela. La versión de Mehta y la Filarmónica fue una delicia en todo sentido.

    Y luego del intervalo, la Sinfonía Fantástica de Berlioz, en otra versión magnífica después de la de Rattle con la Sinfónica de Londres. Hace ya muchos años Mehta hizo un experimento que salió bien: el concierto fue en el Hipódromo y algunos miembros de nuestra Filarmónica fueron invitados a tocar con los israelíes. Volviendo al Colón, fue escrupuloso en su observancia de las abundantes instrucciones del compositor (nadie había sido tan detallista hasta entonces). No voy a repetir todo lo que escribí comentando la versión de Rattle, sólo expresar que esta versión también fue para recordar y mostró que el control y la energía del director se mantienen.

    Fuera de programa pasamos al crossover de calidad con “Por una cabeza”, el tango de Gardel, y  la polca rápida “Truenos y relámpagos” de Johann Strauss II, ambas tocadas con admirable sentido del estilo, la primera con un melodismo comunicativo, y la polca con la autenticidad de un director que dirigió varias veces el famoso Concierto straussiano de fin de año con la Filarmónica de Viena.

 


    El lunes 29 tuvo lugar el Concierto solidario e incluyó dos obras: la Sinfonía concertante de Haydn y la Primera sinfonía de Mahler. La primera fue un gran placer: es de la misma época de las Sinfonías Salomon (las últimas doce) y resulta ser la única obra del autor en ese género entonces tan de moda, especialmente en Francia. Es música muy equilibrada y fina, donde se lucen cuatro solistas de la orquesta: violín, violoncelo, oboe y fagot; dos cuerdas, dos maderas; y la orquesta acompañando o dando un marco. Hubo una época durante la cual se escuchó en muy buenas versiones locales: 1952, Orquesta de Amigos de la Música, Markevitch; 1959, con la misma orquesta, Fournet; 1966, Gibson con la Estable del Colón; admirables ejecutantes como Spiller, Di Gregorio, Pratesi, Puglisi o Chiambaretta , mostraron su talento. Luego se dio mucho menos y es una lástima; ahora también tenemos grandes talentos y la obra debería programarse regularmente.  Entretanto, los solistas israelíes dieron una lección de técnica, estilo y buen gusto, manejados por un Mehta impecable. Violín: Ilya Konovalov (perdí el programa, quizá fue o Dumitru Pocitari o David Radzynski, los otros dos concertinos); violoncelo: Gal Nyska; oboe: Dudu Carmel; fagote: Daniel Mazaki.

    La Primera de Mahler, como lo escribí varias veces, ya es una obra de repertorio habitual, de lejos la más tocada de las nueve, y hasta orquestas secundarias la abordan. Sin embargo es difícil, aunque junto con la Cuarta son las menos arduas.  De las muchas interpretaciones que escuché en vivo (no menos de 25, quizá 30) sólo dos incluyeron un breve movimiento que Mahler descartó: “Blumine” (no encuentro la palabra en el diccionario alemán, pero puede ser una versión dialectal de “Blumen”: “flores”).  Lo estrenó Franz-Paul Decker, en su deseo de ser lo más completo posible en su casi integral de las sinfonías mahlerianas (también incluyó “Totenfeier”, primera versión del movimiento inicial de la segunda) y creo que sólo Mehta lo incluyó desde entonces, al menos que yo sepa. En mi catálogo de CDs del año 2000 hay siete versiones de “Blumine”. Opino que es una pieza grata pero sin el calibre para ser incluida en la sinfonía. Fue ubicada como segundo movimiento. Interpretativamente la versión de Mehta fue muy adecuada y respetuosa, con algunos momentos de especial calidad y ciertos solos notables (el contrabajo al inicio del movimiento lento), pero a diferencia de lo que había ocurrido en los conciertos anteriores y en Haydn hubo pifias numerosas de cornos y trompetas que deslucieron el resultado (¿cansancio?); así, la Primera tuvo problemas que la mucho más difícil Tercera no había tenido. Y cierta carencia de vuelo. Vale también recordar una memorable Segunda en la que la orquesta tuvo a su disposición al Coro y solistas del Colón, hará unos 25 años. 

    También fue un error, tras el esplendoroso final de la Primera, dar fuera de programa una de las polcas de segundo orden de Johann Strauss II (no la identifiqué), de modo que mis últimos contactos con Mehta y su orquesta no fueron los mejores; sin embargo, tengo tanto para recordar con placer y nostalgia que esto es secundario.

    Había decidido de antemano no ir al último concierto por dos razones: se repetía la Sinfonía “Pastoral” y el programa concluía con “La Valse” de Ravel, obra que escuché con ellos muchas veces. Lamenté perder el talento del flautista Guy Eshed en el Concierto op. 283 de Carl Reinecke, una agradable obra, pero no se puede tener todo.

    Para terminar, cuatro anécdotas; las primeras dos sobre errores; la tercera, sobre vuelo; la cuarta, nostálgica. 1) Yo tenía (y tengo) un álbum del Reader´s Digest dedicado a la música sinfónica que incluía la Sinfonía “Nuevo Mundo” de Dvorak por la Royal Philharmonic dirigida por Rudolf Kempe, una muy buena versión; hete aquí que los mismos ofrecieron la misma obra en el famoso “Prazské Jaro” (“Primavera de Praga”), el 29 de mayo 1969, y yo estaba presente:  el primer corno tuvo una catarata de pifias increíble, nada menos que en Praga…    2) Esto lo leí en el diario: la Filarmónica de Viena dirigida por Maazel visitó España y se programó el “Bolero” de Ravel: varios instrumentos hicieron pifias de tal monto que la orquesta fue abucheada, se supo después que estaban borrachitos. 3) En el mismo Festival de Praga, pero esta vez el 25 de Mayo, tocó la Filarmónica de Berlín dirigida por Von Karajan; en la primera parte se escuchó una Cuarta de Beethoven impecablemente ejecutada, pero sin esa inspiración que llamamos vuelo. La mujer de Karajan, francesa sin pelos en la lengua, contó a Pini en el intervalo su impresión:”una corrida sin torero”…Sin embargo, tras el intervalo escuché la más estupenda interpretación de “Una vida de héroe” de Strauss. 4) Hay un DVD de una antológica versión del Quinteto de la trucha de Schubert de hará medio siglo atrás: piano, Barenboim; violín, Perlman, viola, Zukerman; violoncelo: Dupré; contrabajo: Mehta! Cinco amigos de enorme talento haciendo música con una alegría desbordante. Mencionar esto es mi mejor despedida al gran Director de la Filarmónica de Israel, aunque haya tocado contrabajo. 

 
 



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