Un paseo por la cuadra de los virtuosos de la música.



Por Patricia Kolesnicov para Clarin
Fuente: www.clarin.com

 

El film de Mariano Nante retrata dos casas de Bruselas donde residen varios pianistas argentinos, entre ellos, Martha Argerich.

 

“Eso es al lado, esa es Martha, se está volviendo loca”, le dice un hombre a otro en una habitación que da a un jardín y se sienta y toca el piano y el otro toca el cello y todo es tan bello, tan bello. “Eso” que viene de al lado es música. Los espectadores –esto es una película– sabemos de qué habla Sergio Tiempo, el pianista: su vecina Martha Argerich, pared de por medio, se ha puesto a ensayar y aunque tienta parar a escucharla, él tiene que hacer lo mismo.

Esas cosas pasan en La calle de los pianistas, la ópera prima de Mariano Nante que el 24 de abril cerrará el BAFICI literalmente a toda orquesta. Con el auspicio de revista Ñ, se proyectará en el Teatro Colón y estará coronada con un concierto a dos pianos. No será Sergio (ni Martha) quien toque ese día sino su hermana Karin y su sobrina Natasha, también vecinas de Argerich y protagonistas de la película. Todo el film irá detrás de esa madre y esa hija, sus aprendizajes, su música, sus tensiones, los ojos de pavor y alivio con los que dicen “nuestras maneras de tocar no se parecen en nada”.

La película de Nante tiene guión de Sandra de la Fuente y producción de Daniel Rosenfeld. En verdad, también podría llamarse “Diez pianos en dos casas”; ambas casas están en una callecita de Bruselas, la rue Bosquet. Los vecinos son colegas y algo más: Argerich es amiga desde la adolescencia de Lyl Tiempo, también pianista y madre de Karin Lechner: Martha es casi una tía para Karin. Shh! Martha toca. Es al lado. Lyl, a quien en la película llaman “Babasha”, les enseñó a tocar el piano a todos: a Sergio, a Karin, a Natasha. Y ahora es el turno de Mila, la hija de Sergio, a quien vemos con los dedos en las teclas a los tres años. La música empieza en esa familia mucho antes de nacer. Un destino que ¿se elige?

Cuando era muy chiquita, me cuenta ahora Karin por teléfono, desde Bruselas, escuchaba las canciones de María Elena Walsh. Es que los Tiempo-Lechner-Binder son argentinos aunque hayan nacido y crecido por todas partes. Lyl y su segundo marido, Martín Tiempo (hijo del poeta César Tiempo) pasaron por Ezeiza en 1970, rumbo al cargo diplomático de Martín en Caracas. Karin voló hacia allá en 1971, a los seis años: ya había dado su primer concierto. En Caracas nació Sergio y cuando llegó la hora de partir, el nuevo destino fue Londres. “Por el piano”, dice ahora Karin, por teléfono, desde la calle Bosquet. Por el piano fue Europa, por el piano terminaron en Bélgica. Allí nació Natasha en 2000. La joven habla un castellano bien argentino y con ese castellano a los tres años pidió clases de piano y a los diez tocaba en el Colón. Un destino que ¿eligió?

“De chico no es una presión, una presión se vuelve después”, dice Karin. “Cuando uno es niño tocar es un juego. Hablábamos en estos días con mi hermano de cómo se dice en inglés y en francés ‘tocar el piano’. ‘Jouer’, ‘play’, la misma palabra que para ‘jugar’. ‘Jugar el piano’. se dice. También hablábamos de hasta qué punto uno elige lo que hace. En el caso de los músicos, que desde chicos estamos en esto, la elección se hace después…” De chica, Natasha escuchaba el disco del tío Sergio con el brillante cellista Mischa Maisky. “A los 8 ó 9 años le pedí a mi mamá una radio con CD y para dormir escuchaba a mi tío Sergio tocando con Mischa… Rachmaninov escuchaba para dormir. También me cantaba mi abuela…”

 

 

El cineasta Mariano Nante fue a Bruselas a buscar la vida cotidiana de los pianistas de elite –él mismo es intérprete. Se metió en la casa y los almuerzos de esta familia, en los diarios íntimos, en el desván donde guardan imágenes y rollos de Super8. Y encontró otras cosas: “A una madre y una hija unidas por una vocación; ahí estaba el núcleo emocional de la película. Natasha tiene que decidir por sí misma si va a seguir el legado familiar, y en esa decisión se jugaban todos los elementos interesantes de la vida del pianista”, cuenta.

Si uno le pregunta a Natasha si se imagina tocando toda la vida, responde con un enfático sí. Dice que sueña con conciertos. Como uno sueña que quiere correr y no corre, Natasha sueña que sabe lo que tiene que hacer pero se sienta al piano y está paralizada. “No puedo imaginar dejar de tocar –sostiene. Cuando paso algunos días sin estudiar, lo extraño. Es como un miembro de la familia…”

Secretos de pianistas en la película: hay que lavarse las manos con agua fría un rato antes de salir al escenario para que la sangre venga y no tener las manos frías. La manera de reconocerse –la forma de tocar es una identidad– por el golpe de teclas, desde otro cuarto o desde ese famoso departamento de al lado... Argerich aparece en la película de modo incidental y casi como un alter ego de todas ellas. “A Martha la reconozco al instante. Por ese toque muy de ella, esa vitalidad tan suya”, dice Karin. “En casa es más obvio. Aunque ha pasado que mamá dice: ‘Uy, pensé que eras vos y es Natasha”. También Argerich les pone la oreja a los vecinos. “Ella es muy curiosa y escucha a través de la pared… ‘Uy, quién está tocando el quinteto de Schumann…’; le gusta adivinar.” Y así todo el tiempo, la vida entera.

–¿Un músico puede separar la vida y el trabajo? “No, es imposible”, explica Karin. “Me voy a dormir y tengo música en la cabeza, me despierto con la música, es constante. ”

Argentinos en Bruselas. Cinco pianos en una casa, cinco pianos en la otra y la vida que es nota más nota. De un lado de la pared Argerich, que ensaya a las dos de la mañana y le manda a Karin un mensaje de cumpleaños donde le dice que “do do re fa do mi” (que los cumplas feliz). Del otro, abuela, hijos, nieta al piano, a veces a dos, a tres y a cuatro pianos a la vez. “Hice la película porque un músico que está feliz con lo que hace es una persona muy rica”, concluye Karin.

Fuente: www.clarin.com

 




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